No le gustaba ir a la playa.
Era uno de esos abrasadores días entre Juilo y Agosto. El sol irradiaba con fuerza a través del toldo del bar. La cerveza, fría como un demonio, goteaba sobre sus vaqueros en cada sorbo, creando lágrimas de plateado brillo en sus muslos. Levantó la botella al cielo, como brindando con dios, y se quedó observando una de aquellas perlas transparentes.
Cómo resbalaba por el casco, lenta y dificultosamente.
Cómo, una vez liberada, caía libre por su universo en miniatura.
Cómo, fugazmente, llegaba al pantalón, y se fundía con la tela.
Le dio un largo beso a la botella para acabarla, y la dejó sobre la mesa. Acarició la húmeda superficie.
- Al menos nosotros siempre tenemos algo bueno cerca.- pensó.
El sol irradiaba con ansia sobre todas aquellas pieles morenas, como un verdugo flagela la espalda de un condenado. Un grupo de niños jugaba a la guerra con pistolas de agua, apenas unos metros más allá. El más mayor apenas rozaría los diez años. El más pequeño de ellos, de unos tres años, se cobijó junto a él, perseguido por otros tres chavales que le sacarían un par de años a los sumo. Sus ojos color miel centellearon a la luz y se cruzaron con los suyos:
- ¡Ayúdeme, señor!-. Derek esbozó una sonrisa, y se giró hacia los perseguidores.
- ¿Dónde vais vosotros tan rápido, eh? ¡Él es mi protegido! ¡Esto es zona de tregua!
- ¿Zona de tregua?, Jo, Danny, siempre haces lo mismo…- Se lamentó uno de ellos. Llevaba un bañador rojo y blanco, con un graffiti en la pernera derecha.
Cuando los invasores se fueron, el pequeño se acercó a la barra, cargó su pistola de agua. Después se acercó a la mesa de Derek y le dio las gracias, al tiempo que sus cuatro pares de párpados se entrecerraban en un malicioso gesto y echaba a correr hacia sus agresores.
Derek aprobó con la cabeza, y volvió a su botella. Gracias a dios, aún estaba medio llena. Tomó otro trago y miró a su alrededor de nuevo. Los niños jugaban mientras sus madres hablaban sobre la boda de algún famoso de Hollywood tumbadas en sus hamacas, una pareja de ancianos paseaba por la orilla del mar, y dos chicos jóvenes jugaban al tenis en la arena mientras una pandilla de chicas se situaba en el lugar exacto al que más veces se les había escapado la pelota. En el agua, una treintena de personas nadaba en el hielo líquido del Atlántico para mitigar el calor.
-No se por qué sigo viniendo aquí…-, pensó.
No, definitivamente, no le gustaba la playa.
Empujó las ruedas de su silla y se dirigió a casa.

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