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Diario en el desierto por Geni Rico se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.
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domingo, 29 de enero de 2012

Clara

Cuando Dios la hizo, vació el Mediterráneo para pintarle los ojos. Mírala durante un segundo si puedes y procura agarrarte a algo, porque sus ganas de volar son tan fuertes que posiblemente acabes en su nube azul, junto a ella, mirando un mundo del que siente que quiere escapar. ¿Alguna vez has visto a un ángel? No soy muy creyente, pero si yo fuese Dios la habría utilizado como lienzo, modelo, pincel y cincel. Así que supongo que se le dan un aire. Tampoco quiero exagerar, pero imagínate si transmite fuerza que hasta hablando sobre ella te vas por las ramas, hacia arriba hasta las copas de los árboles para buscarla, ahí arriba, en su nube azul.
Vista de cerca es la modelo perfecta para motivar a un fotógrafo inepto, porque por muy mala que sea la cámara, sabes que ella siempre va a salir radiante, bravía, libre, como la mar de sus ojos. Y vista de lejos… No lo sé, porque una vez que la veas de cerca no podrás recordarla de otra manera. ¿Sabes? Fue la primera en subirse a mi coche. Y yendo por la autopista casi íbamos a despegar, no por la velocidad, si no por la belleza de su sonrisa. Creo que el viento le tiene envidia, porque se empeñaba en taparle la cara con el pelo. Y ella, claro, quitándoselo con la mano. Un poco ilusa por no darse cuenta que no hay elemento, tierra, aire, agua o fuego, que pueda hacerle sombra. Ni siquiera la mar, ya te dije que Dios se la pintó en los ojos.

martes, 8 de noviembre de 2011

El Galimatazo pt.2

- Tranquila. Jabberwock me ha hablado. No te haré demasiado daño- Su extraño tartamudeo había desaparecido por completo. Su voz sonaba áspera, dura, nada que ver con el timbre que había utilizado minutos antes. Era como si otra persona se hubiese apoderado de su cuerpo. Deslizó su mano por la pierna desnuda de Alicia, desde su pie. Recorrió el tobillo de Alicia hasta llegar a la rodilla, y se dio cuenta de algo extraño: aquellas manos, acostumbradas a tratar y curtir la piel de los animales, eran suaves como el terciopelo, lejos de ser callosas y rudas.

Al llegar a su rodilla, Hatta detuvo su mano y la examinó detenidamente. Se inclinó sobre su pierna hasta que pudo sentir su respiración, cálida y lenta. Inclinó la cabeza mirando el perfil de su muslo, como buscando algún tipo de irregularidad. Esbozó una sonrisa y retiró una mota de polvo que se había posado sobre su tersa piel. Se levantó de nuevo y deslizó la punta del cuchillo por la piel de Alicia, desde su ombligo hasta su cuello. El corazón de Alicia se aceleró y la camilla metálica comenzó a empañarse. Hatta observaba el recorrido del cuchillo sobre su piel totalmente embelesado, como si estuviese disfrutando de la más bella obra de arte. La punta del cuchillo, helada como un témpano de hielo, casi llegaba a cortar de frío sobre su piel caliente. Sobre la frente de Alicia comenzaban a aparecer pequeñas perlas de sudor. No entendía por qué, pero poco a poco, con cada movimiento del cuchillo, parecía relajarse más y más. Había algo mágico en aquel filo que recorría su piel, erizando el vello de su nuca cada vez que cambiaba de dirección. Al final se dio por vencida y paró de moverse, dejándose llevar por el contacto electrizante que aquella hoja transmitía.

Alicia cerró los ojos. En el infinito negro que se abría ante sí, su sentido del tacto se acentuaba, su oído se afinó tanto que el leve susurro de la respiración de Hatta sonaba como si resoplase en su oído. ¿Qué le estaba pasando? Unos minutos antes, luchaba por escapar de la camilla a la que le había amarrado el hombre al que ahora deseaba lascivamente. Tenía algo… Algo indescriptible. Una sensación que nunca antes había sentido. Se sentía sumisa, dominada, con su cuerpo desnudo encadenado y a disposición total de un completo desconocido… De pronto, dejó de sentir el frío tacto del cuchillo, y sintió una cálida lengua bífida resbalar por su cuello. La respiración de Hatta era acompasada, lenta, relajante. Se deslizó por su nuez hasta el borde de su cara, y poco a poco se fue acercando hasta su boca. El contacto de sus labios fue como un veneno de sabor agridulce. El beso, tan apasionado que cuando Hatta se apartó, Alicia buscó sus labios de nuevo. Solo encontró su mejilla, ya que su captor había desplazado su boca hasta su oreja derecha.

- Tú serás mi obra maestra. – susurró. Su aliento fue su primera puñalada, directa, sin dilación, hacia su columna vertebral, recorriéndola de arriba abajo en forma de escalofrío. Alicia le deseó como no había deseado a nadie nunca. Deseó su cuerpo y su alma desde lo más profundo de su ser. Necesitaba aquellas aterciopeladas manos recorriendo su cuerpo, acariciando cada centímetro de su piel pálida y caliente, y allí estaban, recorriendo su vientre y su pecho con la misma delicadeza con la que un escultor retira el polvo de mármol de su reciente obra. La lengua y las manos de Hatta se habían convertido en instrumentos de precisión del placer, en los que cada movimiento, por milimétrico que fuese, parecía arrastrarla hacia el clímax a pasos agigantados. Pero entonces ocurrió algo inesperado.

- Parece que te lo estás pasando bien…- notó un susurro en su oído izquierdo, seguida de un ronroneo. –Espero que yo también pueda jugar. – dijo una voz que reconoció al instante, y sintió como otras dos manos se deslizaban sobre su piel. Eran algo más duras que las de su secuestrador, pero la acariciaban suavemente, como un gato se frota en las piernas de su dueño. Hatta no parecía percatarse de la presencia de aquel extraño. En vez de eso, recorría suavemente el pecho de Alicia, olisqueando y lamiendo donde parecía haber un lunar o una peca. Una lengua, áspera y felina, ascendió por su pierna muy lentamente, desde su tobillo izquierdo, rozando el interior de su muslo para deslizarse hasta su ombligo. Sintió una pequeña punzada y una sensación parecida a la que el cuchillo le había transmitido, pero esta vez eran dos afilados colmillos los que arañaban suavemente su piel. Las dos pequeñas dagas fueron descendiendo cada vez más abajo, hasta que un estremecimiento arremetió en el bajo vientre de Alicia. Las manos de terciopelo parecían no inmutarse de lo que estaba ocurriendo sobre su lienzo en blanco, ya que ahora acariciaban su cuello y su pelo. En pleno éxtasis, una sacudida de dolor y placer se extendió por todo su cuerpo desde su costado izquierdo, seguida de un cálido líquido que resbalaba hacia la camilla. El sombrerero vio como, de la nada, tres profundas puñaladas surcaban el costado de su presa. Alicia abrió los ojos de golpe, sorprendida por un grito estremecedor:

- ¡¡Tú!! ¿Qué has hecho??- la voz de Hatta era como un huracán soplando con toda su fuerza.

Alicia levantó la cabeza, y lentamente vio como aparecía de la nada la silueta de aquel hombre-gato. Primero sus ojos, luego las rayas de su piel, por último su cuerpo. Su mano derecha estaba ensangrentada. Soltó un bufido cuando Hatta le descubrió y de un rápido movimiento salió por la ventana. Mientras aparecía, a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojos amarillos mientras se relamía. Y luego llegó el dolor.

Un dolor infernal que le abrasaba el vientre y el pecho impidió a Alicia ver cómo Hatta corría tras el gato, maldiciendo y gritando en algún idioma olvidado. Mientras se retorcía de dolor, el sombrerero se acercó a ella, y la liberó de la camilla. Agarrándola duramente por la muñeca y a empujones, la tiró al suelo desde la camilla, y la sacó a patadas al claro del bosque.

- Fuera de aquí, zorra. –dijo, mientras cerraba la puerta de la cabaña y la dejaba desnuda y malherida en mitad del claro.

martes, 27 de septiembre de 2011

El Galimatazo

Cuando recuperó de nuevo la consciencia, lo primero que notó fueron las cadenas que la aprisionaban. Su cuerpo desnudo se encontraba amarrado por correas de pies y manos a una fría camilla metálica. Intentó zafarse como pudo, en un bizarro y desesperado contorsionismo, pero no hubo manera. Podía sentir su propio sudor resbalar por su piel. Su respiración comenzaba a acelerarse, igual que su corazón, el cual parecía querer escaparse de su pecho. Al escuchar sus movimientos, Hatta entró en la habitación:

- Es un ataque de pánico, tranquilízaTACte o te desmayarás otra vez TAC.- dijo amablemente mientras ponía una bolsa de papel sobre su nariz y boca. –Si hiperTACventilas te mareTACarás. Respira aquí dentro.

Hatta tenía razón. A medida que respiraba en el interior de la bolsa, el ataque fue desvaneciéndose. Una vez recuperada, intentó hablar:

- ¿Vas a matarme?
- No depende de mí. – respondió Hatta, enfundado en su traje blanco. –Ahora no me molestes, tengo algo importante que hacer.- Se dirigió hacia el altar, y arrodillado abrió un libro ante él. Alicia aguzó el oído, y pudo escuchar una oración apenas audible.

Salve, Jabberwock.
Sireñor dos roaminos darcuros
Poesía da pasique ilerma
Lisucha as mias origarias
Y acepta meu poorilde orferenda.
Salve, Jabberwock.
Cerilatura da derte hurema
Sireñor da niche
Kinador da Mona Fuena
Príncipe do undramundo.
Salve, Jabberwock.
Archifice dos Muros,
Sirmo do Forque Turgal,
Mio sirmo, eu te conjuro,
Founte primania do aldo mal.

Terminada la oración, hizo una breve pausa. Se incorporó y cogió un pequeño cuenco de madera. Se acercó al altar y extendió una especie de polvo blanquecino en él. Luego alzó solemnemente su puño derecho con una pequeña cantidad de polvo, y prosiguió con aquella perturbadora oración, esta vez mucho más enfatizada:

Salve, Galimatazo.
Founte do wisdomiento primanio
Bobro ente os bobros.
Wisduría everna
A ti entruendo me
Spelabra do Goios huremo
Lisucha as mias prayarias.
Verbo do Jabberwock.
Amen…

Hecho esto, con un solemne movimiento, se acercó el puño a la cara e introdujo aquella sustancia en su boca.

-Vamos allá…

Cuando se dio la vuelta, tenía la cara completamente desencajada, los ojos abiertos de par en par, con una mirada que parecía capaz de observar el alma en los ojos a los que miraba. Alicia intentó zafarse, pero era inútil. Las correas de cuero le aprisionaban y abrazaban sus muñecas y tobillos. Estaba indefensa sobre una mesa de taxidermia ante un loco trajeado. Por un momento, deseó tener la misma fe que el taxidermista acababa de demostrar con su oración.

martes, 20 de septiembre de 2011

En el claro de la locura

Alicia comenzó a caminar en dirección a aquella pequeña chabola. A medida que se acercaba, empezó a distinguir las voces de dos personas, una cálida y suave, de varón. La otra, algo más aguda, parecía de un niño de diez años. Cuando se encontraba a unos veinte metros de la casa, paró en seco. Aquello que le había parecido una chabola de paja, no era sino una casita de ladrillo recubierta de parduzcas pieles de animales. Un fuerte olor invadió su sentido del olfato hasta casi entumecerlo. Era un olor que nunca había notado antes, rancio, fuerte y embriagador. Se llevó una mano a la nariz para evitar respirar aquella peste, y continuó acercándose. Al llegar junto a la casa, su olfato aún no se había acostumbrado a los vapores que desprendían las pieles.
En una mesa para cuatro comensales, con sus platos debidamente colocados, encontró a una liebre de color marrón tan alta como ella, bebiendo y riéndose junto a una peculiar figura humana. El hombre, que contaría unos treinta años, rellenaba una y otra vez las tazas de té dispuestas frente a ellos con un líquido humeante y verdoso. Un enorme sombrero de copa, doblado y achacado por la edad, coronaba su cabeza. Tardaron un buen rato en descubrir a la intrusa que les espiaba junto a la casa.
- ¡Vaya!,- dijo la liebre clavando sus enormes pupilas negras sobre Alicia -Parece que tenemos compañía.
- Hola…- respondió Alicia, sin acercarse. Ya le había bastado su encuentro anterior para saber que debía andarse con cuidado.
- Hola, pequeña… -el hombre se levantó. La longitud de sus escuálidas piernas casi igualaba la altura de Alicia. Se quitó el sombrero y realizó una exagerada reverencia. –Me llamo Hatta. ¿Cuál es vuestro nombre, pequeña?
- Me llamo Alicia.- musitó. El comportamiento del hombre no era demasiado estrambótico, salvo por su peculiar forma de saludar.
- Es un placer conocerle, Alicia. Por TAC favor, ¿gustaría de tomar una tacita de té junto con mi compañera y un servidor? Está recién hecho.- La liebre se levantó.
- Liebre de Marzo, para servirla.- Dijo mientras le dedicaba una enorme sonrisa.
- Bueno, la verdad es que yo…
- No aceptaré un no por resTACpuesta.- le cortó. Sin embargo, su voz sonaba amable y melódica, henchida de cortesía.
- Verá… Es que me he perdido y quisiera encontr…
- Por favor, pequeña, toma asiento, vamos. Estaré encantado de ayuTACdarte, pero podemos hablar de esto miTACentras tomamos una taza de té. No debes tener miedo.

Hatta estaba en lo cierto. Parecía un hombre de fiar, o al menos su amabilidad lo demostraba, aunque algo en su forma de hablar inquietaba a Alicia. Aun así, decidió sentarse.

- Y dime, pequeña… ¿De dónde eres?- Hatta vertió una abundante taza de la sustancia verdosa y se la pasó a Alicia. En pocos segundos pudo notar un agradable olor, en las antípodas del hedor que emanaba de la chabola.
- De Cheshire…
- ¡Eh! ¡De Cheshire!- gritó la liebre. –Yo tengo un tío en Cheshire, se llama Carlos. Trabaja en la panadería de la calle Ramón Varela. Bueno, no trabaja, es suya.
-¿En serio? ¡Mi madre suele comprar allí el pan!- Alicia no daba crédito. -¡Qué casualidad!
-Si… Bueno… El ministerio de Sanidad se la cerró hace dos semanas…

Se produjo un incómodo silencio. Los tres cogieron sus tazas y dieron un sorbo al humeante líquido. Alicia acercó la taza a su boca. El delicioso olor que emanaba de aquel brebaje dilató sus pupilas. Mojó sus labios suavemente, y un sabor anisado recorrió su lengua. El familiar icor de aquel “té” acabó revelándole que se trataba de alguna sustancia alcohólica. Su sospecha se confirmó cuando vio a la liebre beberse la taza de un trago y caer rendida sobre la mesa. Dio un trago, y tosió un par de veces.

- ¡Ey ey ey!, desTACpacio pequeña, que te TAC vas a atragantar…- Hatta le dio un par de palmadas en la espalda.
- Gracias…- carraspeó Alicia.
- Así que eres TACde Cheshire… ¿Y qué estás hacienTACdo por aquí?
- Ya te lo he dicho, me he perdido. Estaba siguiendo a un conejo blanco, y cuando lo perdí de vista un gato se lo había comido.- El conejo… Ese tacto… Suave, cálido… Algo se revolvió dentro de sí al recordarlo de nuevo.
- Un gaTACto, ¿eh…?- Hatta parecía pensativo. -¿Un gato alTACto, de piel atercioTACpelada? ¿Con TACunas exTACtrañas raTACyas en su piel?
- Si… Era muy raro… Y alto… Y guapo…- Alicia comenzó a sentir pesadez en sus párpados. Una pesadez que no podía soportar. Justo antes de quedarse dormida, descubrió algo que no había visto al llegar. A lo lejos, un manantial de color plata burbujeaba a la luz de la luna de otoño.



Se despertó atada a una vieja silla, debido al insoportable olor del cuero a medio curtir. Unos metros más allá, los huesos descarnados de la Liebre de Marzo yacían sobre una mesa de operaciones improvisada. A su alrededor pudo divisar decenas de criaturas disecadas, animales petrificados en un doloroso gesto de adoración hacia lo que parecía un altar de piedra con una figura deforme de vidrio relleno de mercurio. La voz de Hatta le sacó de su escrutinio por la habitación.

- La taxidermia… Un arte tan antiguo como la locura… TAC.

Entró en la habitación con la piel de la Liebre sobre el brazo, ataviado con un traje de corbata blanco, tan solo corrupto por algunas manchas rojas de lo que, presumiblemente, fueron las manos de la Liebre en un intento desesperado por librarse de su tormento. En su mano, brillaba un cuchillo de afilada hoja.

- Jabberwock estará orgulloso cuando acabe contigo… TAC. Descansa, Alicia, esta va a ser una noche muy larga, sobre todo para ti.

Hatta golpeó duramente el cuello de Alice, dejándola inconsciente.

Biopsia de un cerebro bajo tierra pt.2

El gato se levantó sobre sus patas traseras, revelando su altura real. Alicia levantó la vista hacia el extraño animal que ahora la miraba por encima del hombro. Sobre dos patas, aquella criatura parecía mucho más atlética y ancha que durante todo el tiempo que había permanecido agachado. Con un sutil movimiento, se apartó a la derecha del camino.

- Eso que te has comido...- musitó Alicia, tímidamente.
- ¿Si?
- ¿Era una liebre?
- Supongo que si. O un conejo, quién sabe. Ya te he dicho que era la hora del té.
- ¿Por qué te la has comido?
- Porque los gatos comemos liebres.
- Yo... Había... Había llegado hasta aquí siguiéndole...
- ¿Y pretendías continuar siguiendo a un conejo, y no perderte?- El gato esgrimió de nuevo su sarcástica sonrisa.
- Bueno... yo...
- Muy bien, muy bien -la cortó-. Si deseas seguir por el camino de baldosas de ajedrez, no seré yo quien te lo impida.- dijo mientras alzaba el brazo invitándola a proseguir. Su voz sonaba esta vez mucho más agradable.
- Bien, gracias- replicó Alicia. -¿Me dirás ahora tu nombre?
- Todo a su debido tiempo, Alicia...- contestó, mientras desaparecía en una neblina grisácea. Alicia sintió un escalofrío de miedo.
- ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Espera!
- Sé muchas cosas sobre tí, Alicia.- la voz del gato volvió a sonar lasciva dentro de su cabeza. -Conoce el nombre de una persona, y conocerás toda su vida.
Alicia buscó al extraño gato con su mirada, pero era inútil. Se había volatilizado.

Miró de nuevo hacia el cadáver de la que había sido su guía hasta aquel fatídico encuentro. De la preciosa liebre de pelo blanco como la nieve no quedaba ya más que un amasijo de carne y vísceras. Sin embargo, algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, le empujaba a acercarse. Quería ver de cerca los restos del pobre animal. Quería tocarlos, sentir el calor de la carne recién muerta. La sangre arrollaba por el sombrero de la seta y goteaba en el suelo, formando un pequeño charco que crecía cada segundo con un ruido seco: chap, chap chap... Parecía que el encuentro con aquella depravada criatura había dejado en Alicia una impronta más fuerte de lo que creía.

Suavemente, extendió su mano izquierda hacia el desgarro que los colmillos del gato habían provocado en las tripas de la liebre. Poco a poco, cerró los ojos e introdujo sus dedos en aquel orificio, aún caliente. La sangre humedecía su mano, y un sinfín de sensaciones se extendían por los nervios de sus dedos hasta su cerebro, nuevas sensaciones que nunca antes había sentido inundaron sus neuronas en un torrente de suavidad, calidez y morbo. Abrió los ojos de golpe y sacó bruscamente su mano cuando se dio cuenta que le estaba gustando. Corrió a limpiarse la mano en una de las enormes hojas del suelo, y decidió seguir el camino de baldosas de ajedrez. Al hacerlo, le pareció escuchar una risa felina en el fondo de su cabeza.

Prosiguió su camino en silencio, mirando cada poco su mano izquierda intentando recordar aquel tacto desconocido para ella hasta el momento. Cuando se dió cuenta, había llegado hasta un enorme claro en el que se alzaba una pequeña choza de madera. En la lejanía, cerca de la choza, dos figuras se movían frenéticamente alrededor de lo que parecía una mesa. Apenas podía distinguirlas debido a su miopía, pero entornando los ojos consiguió discernir lo que parecía, esta vez si, una figura humana.


Próxima entrega: En el claro de la locura.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Biopsia de un cerebro bajo tierra

Caminó por aquel extraño bosque repleto de plantas que nunca había visto. Algunos de aquellos troncos tenían el perímetro de veinte hombres con los brazos abiertos. Majestuosos, los gigantescos árboles dejaban caer una suave lluvia de hojas marrones del tamaño de sus dos manos, creando una alfombra multitonal que crepitaba bajo sus pies descalzos. Allá en lo alto, altísimo, quién sabe cuántos pájaros se peleaban por colocar su nido. Los exóticos sonidos embelesaban su mente mientras caminaba por el pequeño sendero de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. De vez en cuando, a los lados del camino, un seta asomaba su sombrero, aveces azulado, otras verdoso con tintes fucsias, algunas con esperpénticos dibujos de espirales y cuadrículas.

Unos pasos más adelante, Alicia se detuvo. Sobre uno de aquellos enormes hongos, un esquelético animal roía apaciblemente lo que antes, a su parecer, habría sido un conejo blanco.

- Hola. Le dijo el gato. Aquella palabra resonó en su cabeza chirriante como un pensamiento lascivo.
- Hola. -Masculló Alicia, inocente. -¿Qué estás comiendo?- fue lo único que acertó a decir.
- Liebre. Es la hora del té.

Los ojos amarillos del gato la examinaron detenidamente. La piel del gato parecía curtida, tersa y sin pelo, y unas excéntricas rayas negras se enroscaban como tentáculos a lo largo del escuálido cuerpo. Al moverse parecían bailar una danza que solo aquella criatura podía escuchar. En su oreja, un enorme aro plateado relucía a la luz de un opaco sol de otoño. Se relamió y dejó a un lado su merienda.

-No... no hace falta que dejes de comer por mí- dijo Alicia, alterada.
-Traquila, no se moverá de ahí. ¿Qué hace una joven como tú sola en este bosque?
- Me he perdido. ¿Podrías indicarme donde está la salida?
- Podría...- Los labios ensangrentados del gato se abrieron en una satírica sonrisa.
- Y... ¿Me lo vas a decir?
- Primero dime cómo te llamas.
- Julia...
- No tienes cara de llamarte Julia...- El gato se bajó de la seta de un salto, y comenzó a trazar círculos a su alrededor.
- Pues me llamo así. ¿Me vas a decir cómo salir de éste bosque?
- ¿No eres de por aquí, verdad?
- No, no lo soy...
- Entonces, ¿cómo sabes que estás perdida?
- Porque no se donde estoy.- Replicó, nerviosa.
- Estás en el bosque Turgal.
- ¿Dónde?
- En el bosque Turgal,- repitió el gato. -Ahora que sabes donde estás, ya no estarás perdida...
- Lo sigo estando porque no conozco la zona.
- ¿A dónde quieres ir?
- No se... Quiero salir del bosque.
- Entonces da igual hacia donde vayas, llegará un momento que se acabará el bosque y habrás salido.

Aquel animal comenzaba a exasperar a Alicia. Sus miradas, su demacrado aspecto, el hecho de que no parase de moverse, sus preguntas... Todo en sí le inquietaba, y a la vez le atraía. Un halo de misterio envolvía aquel lugar y a aquel espectro. El gato se sentó ante ella, cortándole el paso en el camino de ajedrez. Su mirada era fría, sin embargo parecía encerrar más calidez de la que desprendía su aspecto.

- Pero quiero salir por el camino.
- ¿Por qué?
- Porque supongo que llevará a algún sitio.
- Todos los caminos llevan a algún sitio, aunque seas tú la que empiece a marcarlo. ¿Porqué quieres salir del bosque?
- No lo se... Porque no se donde estoy.
- Si que lo sabes, te lo acabo de decir. Y también te he dicho donde está la salida del bosque. ¿Necesitas algo más?
- ¿Quién eres?
- La pregunta no es "quien eres", si no: "quién quieres creer que soy?". Quien soy es irrelevante. Lo que realmente te importa es quién soy para ti.
- Bien, pues ¿quién eres para mí?
- Un gato que habla.
- ¿Y puedo fiarme de un gato que habla?
- No lo sé, nunca he conocido a ninguno...

lunes, 21 de febrero de 2011

Autobiografía de un demente

El lector atento y observador habrá notado en más de un escrito
en este blog algunos tintes autobiográficos, algunos reales, otros no.
En este caso y para que no quede la menor duda,
se lo dejo claro desde el mismo título.
Se pueden decir mil cosas cuando se habla con alguien,
pero lo que piensas realmente se te quedará dentro.
Siempre hay una verdad que no le contarías ni a tu madre,
un secreto inconfesable o una realidad dolorosa, que,
por mucha sinceridad que destile tu caracter, nunca saldrá de tu boca.

Y a mí se me quedaron tantas cosas que decir...

Cuántas cosas quería decirte y no te dije, y solo miraba
y buscaba y esquivaba la complicidad en tus ojos, aquella
complicidad que saltaba a la primera de cambio.

Yo no hablaba, yo solo esperaba, te escuchaba,
pensaba en el abrazo que acababa de darte al verte de nuevo,
y añoraba caminar por Madriz cogiéndote la mano,
buscar una cervecería y hablar sirénido o gñapés
y que la gente nos mirase raro,
pensaba en todo lo que habías sido
y en todo lo que eras en ese momento.

Tu hablabas. Y hablabas mucho.
Incluso por momentos me pareció demasiado para ti (y eso que tu eres habladora).
Supongo -porque no me puedo meter en tu cabeza- que querías manejar la conversación,
monotemática y con pocos puntos de inflexión, todos ellos relativos a un tema que, si se me permite, es bastante trivial. Me refiero, suele ser un tema para romper el hielo, no entraña demasiada profundidad -tampoco pretendo decir que carezca de importancia-. Fue una conversación encorsetada y encauzada a no ser demasiado profunda, con miles de temas tabú, bromas tabú y millones de comentarios que se quedaron en nuestras cabezas porque "ya no somos nadie para decirnos nada el uno al otro".

Cuando nos despedimos, miré hacia atrás,
esperando que "balada triste de trompeta" me hubiese dicho una mentira.
Todo indicaba lo contrario, así que me sentí ridículo,
aunque ya es sabido que sin guion nada acaba bien.
Despues intenté vomitar algo en 155 caracteres
y acabé llenando tres mensajes de texto.
No se cuando recibí tu contestación,
pero pedías perdón por haber tardado,
así que supongo que fue tarde.

Pese a todo, creo que el pensamiento que más dolía
-y a la vez que el más absurdo de todos-
era el deseo de que se te cruzase el cable
y aparecieses por Atocha.

Como una vez esribió el sabio:
"si deseas algo, el universo entero conspira para que se cumpla"
y tuvo que darse la puta casualidad que había luna llena.

Así que, compuesto, borracho, magullado y sin cerebro
soporté miradas de catorce horas pensando
"por qué Geni tiene tan mala cara"
sin que ninguna de ellas tuviese el valor de decirlo.

jueves, 4 de febrero de 2010

fragmento

No eres transgresivo. No eres único. No eres rebelde. No eres especial.
Eres Light.

Crees que molas porque llevas un estilo alternativo. Crees que eres “cool” porque te gusta Nirvana y los Guns ‘N’ Roses, llevas unas Converse All Star y te has leído un par de frases de Nietzsche. Cultivas tu materia gris con los monólogos de la Paramount Comedy, porque son “cool”, escribes poesía, ensayos y frases profundas en tu portátil “cool”, conduces tu coche “cool” que contamina más que anda, pero estás en contra del cambio climático y del maltrato animal, porque es “cool”.

Te diré lo que significa tu querido palabro. “Cool” significa templado, más bien fresco, ni frío ni calor. Así que no creas que eres transgresor, porque eres lo más ambiguo que puede haber en el mundo.

Hablando en plata, eres Light. Eres tan Light como el tabaco bajo en nicotina, que mata, pero menos. Tan Light como la cerveza sin alcohol, que emborracha, pero menos. Tan Light como la mantequilla sin grasa, que engorda, pero menos. Tan Light como las misiones humanitarias, que matan, pero menos. Eres un espejismo, una sombra, un don nadie que cree tener una personalidad, y en realidad no sabes más que plagiar y mezclar en tu bizcocho sin calorías modas amariconadas y venidas a menos.

Todos los días desde la caja tonta hacen que te creas único y original. Porque si escuchas rap serás el más guay de tu barrio. Porque la comida con grasa es cosa del pasado. Porque Flirt 7000 te ayuda a ligar de una forma original. Y porque tu encefalograma plano de ignorante televidente no sabe sojuzgar, evaluar y criticar una información que entra por los ojos como la heroína en las venas de tu querido Kurt. Al fin y al cabo, no puedo echarte nada en cara salvo ser un jodido ignorante sin filtro, marioneta de los medios y las modas. Me río en tu puta cara de tu sociedad de la información, de tu comunismo alternativo, de tu coolería y de tu lado sentimental que nadie entiende. De tus fotografías profundas de cigarrillos en el suelo y primeros planos de lágrimas. Me descojono en tu cara de tus inclinaciones suicidas que por desgracia nunca llegarán a revelarse y de esa mirada profunda y entendida cuando ves “la profundidad del amor y el deseo” en un rectángulo rojo al que algún inteligente llamó “arte contemporáneo”. Me río de tu cine alternativo y tu “cine comercial sucks”. Y, por supuesto, de tu puta manía de utilizar palabras de otro idioma para ser más “fresco”.

Eres la versión Light de los Ramones. La versión edulcorada de Mötley Crue o los Pistols. Sigues la filosofía desgrasada de Janis Joplin y el pacifismo destilado de Mahatma Gandhi. ¿Por qué? Porque desde pequeño te han metido en la cabeza que tienes que destacar. Y como no puedes destacar por tus propios méritos, necesitas plagiar, imbuirte en una personalidad que no es la tuya. Y, una pincelada de aquí, otra de allá, forjas tu propia, única, irrepetible e inigualable moda.

Enhorabuena, porque tú y otros trescientos millones de personas en el mundo sois únicos.

martes, 22 de septiembre de 2009

fragmento

- ¿Sabes? No suelo dar dos besos a la gente. Tampoco la mano. Como mucho un vago “hola”, o un desganado “hey”. Por eso suelen llamarme “borde”, “prepotente”, o la gente con menos vocabulario “gilipollas”.

- La verdad, no es que me importe mucho, pero me hace gracia. Nadie se plantea un porqué a esa situación. ¿Por qué tengo que estrechar mi zarpa con la tuya, si no te conozco de nada? ¿Por qué tengo que dejar mis gérmenes en tu mejilla, si no te he visto en mi vida? Sinceramente, a veces pienso en sorprenderles con un “perdona, no quiero contagiarte”, así no tendré que escuchar tus futuros comentarios contra mi forma de ser…

- Pero piénsalo. ¿Cuánta gente a la que diste dos besos, o estrechaste la mano, ha aportado algo útil a tu vida? y, aún más divertido… ¿De que sirvieron todas las palabras y pensamientos compartidos con ellas? Eso si es que has tenido suerte y te ha tocado un cerebro algo espabilado, claro.

- La verdad, no se si me resulta más divertido ver la repelencia humana, o como el mundo se va a la mierda. Porque se va, Derek, se va. Al igual que yo, sabes que somos un cáncer, sabes que sobramos en el planeta. Corrígeme si me equivoco. Nosotros nos matamos, y de paso también a Gea. Aunque no hace falta llegar a esos términos tan globales… ¿No crees? A ras de suelo y uno por uno también nos matamos. Y crees que la gente no merece la pena, ¿verdad?

- Pues déjame decirte algo, gilipollas. Ni se te ocurra pensar que te pareces a mi en lo más mínimo, por creerte autodestructivo y misántropo. Si no fuera por ellos, ¿quién alimentaría tu vanidad mórbida? ¿quién te felicitaría por tus trabajos, quién te saludaría como tu mejor amigo? ¿quién te miraría desde tu pecho como deseando volver a follarte? que demonios… ¿quién te llamaría misántropo?

- No te engañes, imbécil, porque eres igual que el resto. Te sientes diferente por odiarles, pero para ser un misántropo hay que empezar por odiarse a uno mismo. Y eso no es nada fácil. ¿Te daría igual que mañana se acabase el mundo? ¿Te daría igual que mañana se extinguiese la raza humana, aun sabiendo que tú serías el primero? Necesitas de ellos como un mosquito necesita la sangre. Porque no eres más que eso, el jodido mosquito que zumba en tu oreja a las tres de la mañana. Deja de llamar la atención, de tocarle los huevos al mundo, trágate tu puta vanidad, y vuelve por aquí. Entonces sí hablaremos de misantropía.

- Ahora vuelve a tu puta cama de hospital, o créeme que no volveré a escribirte.

Aquel joven apagó el cigarro en el suelo y me dio una hostia en la cabeza. Cuando abrí los ojos, una extraña máquina emitía suaves pitidos a mi izquierda, y un hombre de edad avanzada respiraba forzosamente entre una maraña de tubos… De pronto, una enfermera abrió la puerta del hospital.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Fragmento

Esos ojos… Esos preciosos ojos…

- La oscuridad que encierran, el silencio de su iris titilante en la sombra, que parece relucir en la más profunda de las muertes. Tus ojos… Que encierran el alma más pura y lasciva, el Ragnarok de una Luna marchita y el Apocalipsis de un Sol decadente.

Se rascó las aletas de la nariz, como nervioso. Sus manos se movían temblorosas y aceleradas de aquí para allá.

- Esos que miran y acarician y besan y aman y odian en un mismo parpadeo. Alguna vez quise navegar en ellos, y echar a pique mi barco, a hachazos contra la quilla para llegar al fondo de tu siniestra penumbra. Pero era más divertido dejarme llevar por las tempestades de tus pestañas… Sí…

Volvió a rascarse la nariz, esta vez con el antebrazo. Con su mano derecha se tocaba al cuello como si mil úlceras crecieran en su yugular.

- Y tu mirada… Tu amada pupila… Tan transparente y tan opaca, tan nítida, tan distante, tan
traslúcida y borrosa. Tan brillante como un espejo… Cómo me gustaba ver tu mundo reflejado en ella.

Movió la cabeza de lado a lado, como intentando desentumecer su cuello.

- Tu mundo... Mi mundo… ¿Mi mundo? Verme reflejado en ella… Mis ojos en tus ojos… Mi cara en tus ojos… Mi cuerpo en tus ojos… Mi mundo… ¿Mi mundo? Si… En tus ojos…

- Mi…

- ¡Hmpf! Mundo…

Cayó hacia atrás, guardando algo en su mano. Lo miró, lo acercó a sus ojos y inhaló fuertemente su aroma.

Se levantó, y miró con desprecio hacia la cama. Sobre ella, el cuerpo de una joven de unos veintiocho años yacía putrefacto enredado en las sábanas.

- No te preocupes por ellos, los guardaré bien… Tú ya no los necesitas.

En su mano, dos ojos de agua caribeña lloraban sangre y miraban a la eternidad a la cara.

martes, 1 de septiembre de 2009

Fragmento

No le gustaba ir a la playa.

Era uno de esos abrasadores días entre Juilo y Agosto. El sol irradiaba con fuerza a través del toldo del bar. La cerveza, fría como un demonio, goteaba sobre sus vaqueros en cada sorbo, creando lágrimas de plateado brillo en sus muslos. Levantó la botella al cielo, como brindando con dios, y se quedó observando una de aquellas perlas transparentes.

Cómo resbalaba por el casco, lenta y dificultosamente.
Cómo, una vez liberada, caía libre por su universo en miniatura.
Cómo, fugazmente, llegaba al pantalón, y se fundía con la tela.

Le dio un largo beso a la botella para acabarla, y la dejó sobre la mesa. Acarició la húmeda superficie.

- Al menos nosotros siempre tenemos algo bueno cerca.- pensó.

El sol irradiaba con ansia sobre todas aquellas pieles morenas, como un verdugo flagela la espalda de un condenado. Un grupo de niños jugaba a la guerra con pistolas de agua, apenas unos metros más allá. El más mayor apenas rozaría los diez años. El más pequeño de ellos, de unos tres años, se cobijó junto a él, perseguido por otros tres chavales que le sacarían un par de años a los sumo. Sus ojos color miel centellearon a la luz y se cruzaron con los suyos:

- ¡Ayúdeme, señor!-. Derek esbozó una sonrisa, y se giró hacia los perseguidores.

- ¿Dónde vais vosotros tan rápido, eh? ¡Él es mi protegido! ¡Esto es zona de tregua!

- ¿Zona de tregua?, Jo, Danny, siempre haces lo mismo…- Se lamentó uno de ellos. Llevaba un bañador rojo y blanco, con un graffiti en la pernera derecha.

Cuando los invasores se fueron, el pequeño se acercó a la barra, cargó su pistola de agua. Después se acercó a la mesa de Derek y le dio las gracias, al tiempo que sus cuatro pares de párpados se entrecerraban en un malicioso gesto y echaba a correr hacia sus agresores.

Derek aprobó con la cabeza, y volvió a su botella. Gracias a dios, aún estaba medio llena. Tomó otro trago y miró a su alrededor de nuevo. Los niños jugaban mientras sus madres hablaban sobre la boda de algún famoso de Hollywood tumbadas en sus hamacas, una pareja de ancianos paseaba por la orilla del mar, y dos chicos jóvenes jugaban al tenis en la arena mientras una pandilla de chicas se situaba en el lugar exacto al que más veces se les había escapado la pelota. En el agua, una treintena de personas nadaba en el hielo líquido del Atlántico para mitigar el calor.

-No se por qué sigo viniendo aquí…-, pensó.

No, definitivamente, no le gustaba la playa.

Empujó las ruedas de su silla y se dirigió a casa.

jueves, 27 de agosto de 2009

Fragmento

Derek se despertó sobresaltado. Se encontraba en una habitación completamente blanca e impoluta, con una pequeña televisión colgada de la pared frente a él. A su lado, un hombre de unos cincuenta y cinco años respiraba con dificultad a través de un tubo que salía de su boca, mientras una máquina emitía sendos pitidos con una hipnotizante cadencia.

- Vaya, por fin te has despertado, ¡buenos dias!- dijo la enfermera. Vestía de color verde hospital, y su cara reflejaba una mezcla entre alegría y alivio.

- Em… si…- balbuceó Derek mientras intentaba incorporarse – Perdone… ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

- El suficiente como para ponerte bien, y dejar de preocuparme. – Los oscuros ojos de la enfermera contrastaban con su melena rubia. – Estuviste dos días inconsciente, pero estable. Y esta mañana parece que empezaste a soñar. ¡Menudo susto me diste! No se que soñarías, pero incluso sufriste alguna que otra convulsión.

- Pero ¿Cómo he llegado aquí? – al incorporarse, un dolor punzante recorrió su cuerpo desde el hombro derecho.

- No sabemos en qué estarás metido, pero un joven te encontró en la calle, en la esquina de Norfolk con la séptima, casi desangrado con una herida de bala en el hombro. Te trasladaron aquí de urgencia en la ambulancia, y parece que hemos conseguido mantenerte con vida. –La cara de la enfermera reflejaba preocupación, a la vez que una gran sonrisa al ver que el joven era capaz de hablar normalmente. Parece que la leve amnesia que sufría no le preocupaba demasiado. – Bueno, te traigo la comida. Se que no es gran cosa, pero ya sabes, la comida de los hospitales deja mucho que desear.

La enfermera le colocó la bandeja de comida sobre una mesita con ruedas y se la acercó. Le hizo una suave caricia en la cabeza y se alejó hacia la puerta.

–Me alegro de que estés bien- exclamó, y salió de la habitación.

-¿No había un sitio mejor para enamorarse que este?- Una anciana voz retumbó en su cabeza.
El viejo le miraba sin mediar palabra, fijamente.

lunes, 10 de agosto de 2009

Fragmento

Otro día más. La misma discoteca, las mismas caras. El mismo baile decrépito. La misma música. Repetitiva. Pum. Pum. Pum.

Miró a su alrededor. Saboreó una vez más aquel veneno líquido que hacían llamar ron. Si el Capitán Morgan hubiese levantado la cabeza, no habría quedado ni un solo tabernero en pie. El olor de la copa inundó su pituitaria, su paladar, su faringe e incluso su recto. Para qué mencionar su sabor.

Miró a su alrededor, una vez recuperado del escalofrío de la cicuta penetrando en su organismo. Cabezas y más cabezas. Ojos y más ojos. Luces, neones y flashes. Todo, un batiburrillo de olores, sabores, sonidos e imágenes que su cerebro se esforzaba por ignorar. Todos juntos, todos uno. Una manada de gente, una masa ingente de carne trémula dispuesta para ser devorada por sí misma. Hombres contra mujeres. La mujer un objeto, una presa que se ofrece, mostrando sus carnes y su contoneo al predador. El hombre, una masa de carne con dos ojos y una polla, dispuesto a fecundar a la hembra aparentemente más fértil.

Y nosotros somos los civilizados. Los racionales. La veda del cuerpo estaba abierta al mejor postor, ya fuese hombre, mujer o caballo, todos deseaban pillar cacho. Ya fuesen guiados por el alcohol o por la quetamina, aquella olla a presión de hormonas estaba a punto de explotar.

Miró a su alrededor. Era Febrero. Martes de Carnaval, para ser exactos. A su izquierda, una chica, en su tiempo libre la mayor feminista de Detroit, ahora una cat woman envuelta en lujurioso cuero en busca de un león de gimnasio al que arañar. A su derecha, un Hulk desteñido, con una camiseta de tirantes a punto de explotar, y cuyas gónadas se intuirían de un tamaño inversamente proporcional a la cantidad de esteroides que circulaban en su sangre. Asco. Puro asco de la raza humana.

Y tú, ese que estás enfrente, eres el diferente. Eres el que no hace lo mismo que la manada, el alternativo, el distinto. Al que no le va el rollo de las discotecas, el único al que sus amigos llaman “colgao”. El loco, el cachondo, el guay, al que no le mola el rollo del ligoteo fácil, de la carnaza, de la mujer como icono sexual, el tolerante, el feminista, el que no baila porque no le mola exhibir su cuerpo, el diferente a la manada, el que es a veces ángel y a veces demonio pero siempre él, el profundo, el que quiere algo más, al que le importa más la mente que el físico…

Si, tú. Sabes tan bien como yo que somos únicos, originales e irrepetibles…
Pero, qué casualidad, que estamos los dos en esta discoteca…

viernes, 7 de agosto de 2009

Fragmento

Caminaba cabizbajo por la treinta y cuatro, sin rumbo. No necesitaba ir a ningún sitio. No llegaba tarde, pero caminaba rápido. Sin destino, sólo hacia donde soplase el viento. Se sentía como una hoja mecida por la brisa del océano, más por su caminar errante que por su sensación de libertad.

Apenas pasaba media hora del mediodía, y la calle era un hervidero de hormigas frenéticas, pululando de aquí para allá a un ritmo vertiginoso. Nadie se paraba a hablar con nadie. Nadie saludaba a nadie. Nadie miraba a nadie.

Nadie…

Caminaba cabizbajo. Solo. Rodeado de una multitud de personas. Solo. Sin nadie que le dirigiese la mirada. Sin nadie que le dirigiese la palabra. Sin nadie a quien agarrar de la mano, sin nadie con quien caminar.

Levantó la vista. Algunos hablaban por el móvil, para concertar algún tipo de cita. Otros, escuchaban música para entretenerse. Otros más allá caminaban mirando al frente, como un radar apuntando la dirección a la que debía dirigirse el cuerpo.

No os engañéis.

No estás concertando una cita, estás escapando de tu soledad.

No estás escuchando música por que te gusta, si no para crear un micromundo dentro de tu cráneo.

No buscas tu destino con la mirada, te absorbes en tus pensamientos.

¿Por qué?

Porque vosotros, al igual que yo, también os sentís solitarios granos de arena en un desierto. Porque no podéis aguantar estar tan solos aun estando rodeados de vuestros semejantes. Porque en vuestra soledad sois incapaces de interrelacionar con vuestro vecino de asiento en el bus, y preferís ocupar el sitio solitario. Porque a lo mejor ese completo desconocido os habla, y dejáis de estar solos.

¿La diferencia?

La diferencia es que vosotros tenéis que evadiros de la soledad. Yo tengo los cojones de cargar con ella.

Bueno, eso… Y además que mi MP3 se ha quedado sin pilas.