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lunes, 27 de agosto de 2012

Un café en Mirra pt.1


La cafetería ofrecía una acogedora imagen. En su interior se observaba una docena de mesas, casi todas vacías, con un candelabro en cada una. Tras la barra, un atractivo joven leía el periódico. Cuando entraron, el joven miró hacia la puerta y esbozó una sonrisa. Sejmet se dirigió a la barra, indicando con la cabeza a Alicia que la imitase.

- Buenas tardes, Sejmet. ¿Lo de siempre? –dijo el joven. Sejmet asintió con la cabeza, sin decir nada. El joven clavó sus ojos verde esmeralda sobre Alicia. -¿Y vos, señorita? ¿Qué vais a tomar?
Alicia vaciló un instante, ensimismada por la mirada del camarero y el hecho de no conocer las especialidades de la cafetería. –Tomará lo mismo que yo, Gabriel. Gracias. Vamos –dijo a Alicia- sentémonos allí. Es mi mesa favorita.

La mesa estaba cerca del enorme ventanal que presidía la fachada de la cafetería. Tomaron asiento una frente a otra, y esperaron pacientemente a que Gabriel les trajese su bebida. Al poco tiempo, dos tazas de cerámica blanca se encontraban sobre la mesa, inundando la zona de un agradable olor a hierba fresca.

-Es té de hierbas del Nilo. No hay un té así en toda la comarca. Me recuerda a mi país –Dijo Sejmet mientras soplaba el líquido negruzco del interior de la taza. –Pruébalo, te gustará.

Alicia acercó la taza a sus labios y el olor conquistó sus sentidos. Cuando probó el té, pensó viajar en el tiempo y el espacio a una época miles de años atrás. Su sabor evocaba el calor infernal del desierto, mezclado con la frescura y el olor húmedo de la caña secando al sol.
-Está riquísimo! –Exclamó mirando a Sejmet con los ojos abiertos de par en par.

-Sabía que te gustaría. ¿Has sentido el Nilo? A veces lo echo tanto demenos… -Su voz vaciló un instante, para recuperar la compostura al momento –Alicia, tengo que preguntarte algo, y es muy importante que me digas la verdad.

Alicia levantó la vista de la taza y miró a Sejmet. Su cara mostraba una mirada seria, pero benevolente. La mirada de una madre que sabe que su hijo ha hecho alguna travesura y no se atreve a reconocerlo.

-Alicia… Cuando en el desayuno te pregunté por un gato a rayas me mentiste, verdad? No temas, puedes decirme la verdad. –Sejmet alargó su brazo y cogió la mano de Alicia, mostrándole su confianza.

- Bueno… Lo cierto es que sí. Sí que me lo encontré… Pero me salvó la vida… Y cuando vi el cuadro del comedor…

- Pensaste que estábamos interesados en su piel, ¿no es cierto? –sonrió. –Lo cierto es que mi padre está muy interesado en la piel de ese gato. Pero no te preocupes, será nuestro secreto.

- No le dirás nada a nadie? –Dijo Alicia, temerosa.

- No, tranquila… -Sejmet se quedó pensativa, mirando a Alicia. Al cabo de unos segundos, volvió a reaccionar. - ¿Te dijo… su nombre?

-No… Pero él conocía el mío sin habérselo dicho.

-Ya veo… Bien, tú has sido sincera conmigo… Ahora yo haré lo mismo contigo. –Dio un sorbo al té –Verás… Ese gato… No es un gato. Es una persona muy especial para mí.

Alicia estaba desconcertada: ¿por qué podía ser tan especial para ella ese supuesto gato, si su propia familia codiciaba su piel? Dio un sorbo al té y se preparó para escuchar lo que Sejmet tenía que decirle.

- Ese gato que has visto es una criatura única en el universo. Lleva caminando sobre la tierra desde que el hombre apenas era un esbozo de lo que es. Nadie sabe su nombre, ni de dónde viene. Sólo que está en este mundo para mantener el equilibrio, manteniéndose al margen de todos los conflictos del resto de las criaturas del planeta. Por eso, Alicia, me resulta muy extraño que te lo hayas encontrado, y mucho más que te haya salvado de una muerte segura a manos de Hatta… Puede que tengas por delante un gran futuro, pequeña… Y él lo sabe.

Sejmet miró por el ventanal hacia la inmensidad del lago. El Sol se reflejaba en sus ojos negros como el azabache, y delataba el brillo lacrimoso de la melancolía.

- ¿Y por qué es tan especial para ti? –Preguntó Alicia, al no recibir explicación a la pregunta que más atraía su curiosidad.

- Él… -se serenó y volvió las vista hacia la taza de té – Le conocí hace muchos años, más de los que mi aspecto refleja. Yo aún estaba en Egipto.

La Duquesa pt.3


Poco a poco, todos los sitios de la mesa se fueron ocupando. Al lado de aquella mujer, justo enfrente de Alicia, se sentó un apuesto joven de unos dieciséis años. Su pelo rubio y rasgos afilados delataban un origen nórdico. Sus ojos eran fríos y duros, y en su mirada parecía asomar un atisbo de locura que contrastaba con la mirada tranquilizadora de la mujer que acababa de conocer.

A la izquierda del joven, una chica de pelo moreno miraba su plato con desgana. Su pelo era largo, negro y lacio, y caía por delante de su cara. En ella, dos ojos grises se asomaban sobre unas infinitas ojeras. A pesar de su aspecto enfermizo y pálido, aquella chica parecía haber sido preciosa antes de que la enfermedad la hubiese abrazado.

A la izquierda de Alicia estaba sentada una joven de tez dorada como la arena del desierto. Era alta y de porte mayestático, de mirada felina y labios finos. En sus ojos negros como el azabache apenas se podía distinguir la pupila del iris. Comía en silencio, sin mirar a los demás.

Una vez todos hubieron acabado, la mayor del grupo dio dos palmadas. Al momento, un grupo de sirvientes entró por la puerta y recogió la mesa. En apenas un minuto, todas las delicatesen de la mesa habían desaparecido. Mientras tanto, los comensales fueron presentándose a Alicia. La mujer se presentó como Lilith y la madre del resto. El joven sentado frente a ella se llamaba Vlad, y la chica de aspecto convaleciente Lamia. La joven sentada a su izquierda le indicó su nombre con un marcado acento árabe, Sejmet.

- Bien –dijo Lilith. –Ahora que tienes el estómago lleno y has recuperado fuerzas… Cuéntanos, pequeña, ¿cómo has llegado hasta el bosque?

- Bueno… Me interné en el bosque hace unos días, persiguiendo a una pequeña liebre.- Alicia miró hacia la piel pintada en el cuadro y decidió omitir el detalle de su encuentro con el gato- y acabé por perderme. Seguí un pequeño camino hasta llegar a un gran claro con una pequeña casita…

- El claro de la locura…- interrumpió Vlad. -¿Te encontraste con el peletero?

- Me encontré con un lunático… -el recuerdo de la situación puso nerviosa a la chica. Los ojos de Alicia comenzaron a humedecerse. –Él… Él intentó…

-Tranquila, ahora estás a salvo –la consoló Sejmet, mientras apoyaba su mano sobre el hombro de Alicia.- Ya ha pasado todo.

- Ese Hatta… Tienes suerte de haberte hecho esa herida. –añadió Vlad. –Si no, ahora mismo estarías disecada en su chabola, expuesta para que cualquier depravado adorador de Jabberwock te comprase…

- ¡Vlad! –gritó Lilith. –Ten un poco de delicadeza con nuestra invitada… -su voz volvió a serenarse al tiempo que Alicia se recuperaba. –Cuéntanos, pequeña. ¿Cómo te hiciste esa herida en el costado?

- Yo… no se… no lo recuerdo… -mintió. Recordaba con todo lujo de detalles todo lo ocurrido mientras estaba sobre la camilla de Hatta. –Solo escuché los gritos del peletero mientras me sacaba a empujones de la choza. No recuerdo mucho más…

- Qué extraño… Hatta suele tener mucho cuidado con sus pieles… Tu herida parecía un arañazo… ¿No te habrás encontrado con un gato, verdad? –Apuntó Sejmet, en tono sospechoso.

- ¿Un gato? No… -mintió de nuevo. –No recuerdo como conseguí salir de allí, pero desde luego esta herida no es de una zarpa de gato… ¡Es casi de un tigre!

- Tiene razón, ¡tendría que ser un gato enorme! No digas tonterías, Sejmet. –dijo Ersebeth.

- Hablando de la herida… He visto la cicatriz… Y no puedo evitar preguntarme cuánto tiempo he estado inconsciente…

- Dos días, pequeña. –contestó Lilith. –Lamia ha estado cuidando de ti, es una experta sanadora. Por eso tu herida ha cerrado tan rápidamente. –Bajo la capa de pelo negro que tapaba la cara de Lamia, Alicia pudo observar una leve sonrisa.

- Gracias por vuestra hospitalidad. Siento haber causado alguna molestia… -se disculpó Alicia.

- No te preocupes, pequeña… Te encontramos escondida en el tocón de un árbol, malherida y desnuda… No podíamos dejarte allí, a la intemperie. Has tenido suerte de habernos encontrado. –Replicó la mujer, mientras se levantaba de la mesa, dando la conversación por terminada. Acto seguido, todos se levantaron. –Bueno, es hora de ponerse a trabajar. Ersebeth, cariño, confío que seas una buena anfitriona con nuestra invitada. –Ersebeth asintió y todos se dirigieron hacia la puerta –Estás en tu casa, Alicia. Puedes hacer lo que desees. Ersebeth te enseñará la casa. Si necesitas algo, no tienes más que hacernos llamar. El servicio estará encantado de ayudarte en lo que quieras.

-Gracias, sois muy amables.

-¡Ven, ten enseñaré mis muñecas!- dijo la pequeña.

A Ersebeth le llevó toda la mañana enseñarle la mansión. Era un auténtico laberinto de habitaciones y pasillos, nada que envidiar a cualquier palacio de la realeza británica. El lujo y la ostentosidad estaban a la vuelta de cada esquina. Enormes tapices bordados en oro cubrían las paredes, y los techos estaban cubiertos de frescos pintados hasta el más mínimo detalle.

Durante la comida, el trono que presidía la mesa también estuvo vacío. Sin embargo, el almuerzo le permitió conocer la historia de aquella familia, si es que se podía llamar así. Lilith era la madre, como ella misma se había presentado. Llevaba en Mirra (así se llamaba el pueblo) muchos años, casi desde que el pueblo se fundó, y se había ganado a pulso el título de Duquesa. Trabajaba para la Reina, llevando las cuentas de palacio y demás asuntos económicos.

Sejmet era la segunda en edad. Había viajado miles de kilómetros hasta llegar a Mirra. Al parecer era hija de Lilith, a pesar de sus rasgos árabes y que apenas mostraba un leve parecido con su madre. Había vuelto a Mirra huyendo de la ciudad donde vivía, tras una revuelta del pueblo contra sus gobernantes.

La tercera en edad era Lamia. Según dijo, había nacido en mitad de un viaje de su madre a Grecia, y de muy niña estuvo al borde de la muerte debido a una extraña enfermedad. Tras varios meses, y dado que Lamia no mejoraba, Lilith se vio obligada a dejarla a cargo de sus sirvientes y de un famoso médico del país, mientras se ocupaba de los asuntos de palacio y las exigencias de la Reina. La pequeña permaneció varios años en Grecia, hasta que se recuperó de su enfermedad y pudo volver a Mirra. Gracias a esta larga estancia junto a su médico, desarrolló asombrosas dotes para la medicina.

Vlad le seguía en edad. Su aspecto nórdico contrastaba con su lugar de residencia: Rumanía. Allí afirmaba haber nacido y vivido hasta que otro levantamiento en armas semejante al sufrido por su hermana mayor le habían obligado a volver a casa.

La más pequeña, Ersebeth, contaba su historia con una gran sonrisa. Su padre había sido un hombre muy poderoso en Centroeuropa, pero la gente comenzó a tenerle miedo, y también a su pequeña hija. El padre se desvivía por ella, concediéndole todos sus caprichos y peticiones, por extrañas que fuesen. Llegado un punto, sus consejeros le recomendaron alejarse de la corte, y así había acabado en Mirra.

Las historias que contaban aquellas personas le resultaban a Alicia de lo más inverosímiles. Sin embargo, había algo en su forma de hablar, en su timbre de voz, en su mirada… Que hacía que fuesen totalmente irrefutables. Todos ellos estaban envueltos en un halo de misterio similar, sus ojos reflejaban casi las mismas vivencias, las mismas experiencias dolorosas… Puede que toda su historia fuese una farsa y que intentasen esconder el dolor de una familia rota varias veces, que intenta continuar unida por medio de mentiras piadosas que acaban volviéndose verdad de tanto repetirse una y otra vez. Alicia no quiso entrar en detalles, para no incomodar a sus anfitriones, y se conformó con las historias que le habían contado.

Tras la comida, Sejmet acompañó a Alicia al pueblo, Mirra, en un suntuoso Rolls Royce. Era un pueblo de tamaño mediano, en el que reinaba una sobrecogedora tranquilidad. Los ciudadanos paseaban por las soleadas calles de la villa, flaqueadas por pequeñas casas que no levantaban más de dos o tres pisos de altura. Los techados, algunos de paja, otros de pizarra oscura, daban un inusitado colorido al pueblo visto desde su parte más alta. Al fondo, la calle que llevaba a la casa alcanzaba un pequeño puerto que se abría a un lago de aguas turquesa.

Al llegar al pueblo, Sejmet ordenó al chófer que aparcase frente a un pequeño establecimiento. En la entrada se podía leer, en letras doradas, "Cafetería 10/6".

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La Duquesa pt.2

- ¿Ersebeth?- repitió Alicia. – ¡Qué nombre tan peculiar!

- ¡Sí! No soy de aquí, ¿sabes? Vine desde Centroeuropa hace años-. La niña miró hacia la mesita de noche donde descansaba la bandeja.

-¿No has comido nada? ¡Estarás hambrienta! Ven conmigo- dijo mientras arrastraba a Alicia de la mano.

- ¡Vale, vale, ya voy!- Rió la joven ante la insistencia de la niña. Se puso los zapatos negros que Ersebeth había comprado para ella y siguió a la niña.

La mansión parecía salida de un cuento de hadas: un enorme pasillo se abría ante ella, con puertas a los laterales que supuso serían más dormitorios. Al pasar junto a una de ellas, algo más pequeña, la pequeña le indicó la situación de uno de los cuatro baños de la planta. Al final del pasillo llegaron a un enorme hall con unas escaleras dignas del Palacio de Buckingham, finamente esculpidas en mármol blanco. La elaborada estatua de un niño abrazando a un cordero decoraba el final de la escalera en su planta. En la planta baja, la escultura de una bella mujer enredada en una serpiente daba la bienvenida a quien subía hacia el piso en el que se encontraban.

Cuando llegó abajo, no salió de su asombro. Enormes cortinas de terciopelo rojo colgaban de ventanales góticos, proyectando su reflejo contra el suelo de mármol blanco. En el techo una gigantesca lámpara de araña amenazaba con desplomar el techo debido al peso del oro que contenía. Giraron hacia la derecha para entrar en un comedor acorde con el tamaño de la casa. En sus paredes colgaban numerosos cuadros de bellas mujeres. Una larga mesa ocupaba el centro de la sala, con tanta comida que habría proporcionado sustento a todo Cheshire. Presidiendo todo aquel derroche de lujo y ostentosidad, un majestuoso cuadro de un varón joven colgaba de la pared tras un trono de caoba.

Alicia detuvo la mirada en aquel cuadro. Representaba a un joven de unos treinta años, de pelo corto y negro. En su cara, asomaba una barba de pocos días, desarreglada pero atractiva, y en su mano portaba una rama de castaño que utilizaba a modo de cayado. Estaba semidesnudo, con su definido cuerpo tapado tan solo por una piel grisácea en la que se dibujaban extrañas formas. El fondo lo rellenaba una geografía paradisíaca que nunca había visto. Era perfecto. No la perfección que se podría esperar de un cuadro pintado. Simplemente, perfecto. Cada detalle de la piel, cada arruga de cara árbol, cada detalle de las nubes parecía estar extraído de la misma realidad. Y la mirada… Aquella mirada evocaba el fuego más ardiente que había llegado a sentir. El brillo de aquellos ojos la dejó encandilada, sumisa, como una fuerza que la atraía hacia ellos, hasta que notó que le tiraban de la falda.

- ¡Venga! ¿No tienes hambre? ¡Come lo que quieras! Ahora bajarán los demás, se alegrarán de verte sana y salva –sonrió Ersebeth.

-¿Los demás? –preguntó Alicia.

-¡Claro! ¿Creías que vivía yo sola aquí? Estarán a punto de bajar.

-¿Él también bajará?-dijo, mirando de nuevo el cuadro.

-No. Él sólo sale por la noche. No le gusta la luz. Por eso tiene ventanas tan grandes, para que nosotros la podamos disfrutar.

-¿Quién es?

-Es mi papá.

-¿Cómo se llama? –preguntó intrigada Alicia.

-Tiene muchos nombres. Él te dirá como debes llamarle. –Ersebeth se acercó a Alicia, como para contarle un secreto. –Es una persona muy importante. Ven, este es tu sitio.

Ersebeth acompañó a Alicia hasta una de las sillas dispuestas a la mesa. Apenas se había sentado, comenzó a entrar gente en la sala. Alicia se levantó con educación. La primera mujer en entrar, una bella joven que contaría los treinta, hizo un ademán con su mano para que se sentase.

-Tranquila, pequeña. Dejemos las cortesías para cuando hayas llenado el estómago.

Acto seguido se dirigió al cabecero de la mesa y se sentó a la izquierda del trono.

-Me llamo Alicia… Muchas gracias por cuidar de mí mientras… -La mujer la cortó llevándose el dedo a los labios. -Come, pequeña. Debes reponer fuerzas. –Su mirada era cálida y amable, casi como la de una madre observando dormir a un hijo. –Buenos días, Ersebeth. ¿Has dormido bien?

-Muy bien, mamá. –sonrió la niña. –Le ha gustado mucho la ropa que le he elegido ¿Verdad que le queda bien?

-Sí, cariño, tienes muy buen ojo. Pero deja comer a nuestra invitada.

Poco a poco, cada silla fue ocupada por una persona, hasta un total de siete sin incluirla a ella.

martes, 13 de diciembre de 2011

La Duquesa pt.1

No recordada cuanto tiempo había estado inconsciente. La pérdida de sangre y la experiencia tan cercana a la muerte que acababa de sufrir habían dejado a Alicia agotada. Cuando recuperó el conocimiento, estaba en una mullida cama, con sábanas de lo que parecía raso negro, suaves como la seda. Sobre ella, un cubrecama de plumas aliviaba sus temblores, fruto del frío que había pasado a la intemperie. A su alrededor, una enorme habitación aparecía en penumbra, iluminada levemente por la luz de la Luna, que se colaba por la ventana a través de unos visillos de gasa.

Apenas recordaba vagamente cómo había escapado. Tras el encuentro con Hatta, se había arrastrado malherida hasta el otro extremo del claro, buscando el camino de baldosas de ajedrez. Al llegar al extremo donde comenzaba el bosque, creía haber visto una extraña sombra rondando a su alrededor, posiblemente producto de su delirio tras la sobredosis de mercurio y el esfuerzo de su fuga. Recordaba, entre mareos, haberse escondido en un pequeño tocón de árbol. Pero no tenía ni la más remota idea de donde se hallaba ahora mismo.

Se incorporó sobre la cama, y notó que un aparatoso vendaje le apretaba alrededor de su torso desnudo. A los lados de la cama, sendos candelabros reposaban en sus respectivas mesillas de noche, apagados. En la mesilla derecha vislumbró una bandeja de plata con lo que parecía ser una taza y unos bollitos. Su primer impulso fue lanzarse a por aquel suculento manjar, pero la experiencia le había enseñado duramente a no fiarse de nada de lo que viese en aquel extraño lugar. Pese a que no sabía si aún seguía en aquel bosque y que la habitación era de lo más acogedora, decidió aguantar el hambre, al menos hasta que tuviese contacto con alguien.

Se levantó de la cama y cuando sus ojos se acostumbraron por competo a la luz, comenzó a caminar por la habitación. Era un cuarto de corte victoriano, de techo alto y elaborada marquetería. La decoración parecía una réplica a tamaño real de los muebles que su madre guardaba en la antigua casita de muñecas que su abuelo le había construido. En las paredes, aparecían mujeres vestidas con elegantes ropas de época y una pose prepotente que parecía escaparse del cuadro. Al fondo vio una pequeña mesa redonda, como de café, con cuatro sillas de elaborada carpintería a su alrededor. Sobre ella, un precioso vestido azul cielo y un mandilón blanco parecían esperarle pacientemente. Poco a poco, la luz del alba comenzó a iluminar la habitación, mostrándole todo su esplendor decimonónico: los colores apagados de la noche empezaron a dar paso a brillos dorados y rojos que abrumaban el cuarto. Las sábanas se mostraron ahora de un bellísimo color rojo pasión, así como la moqueta que cubría el suelo y parte de la pared. El techo descubría la inusitada belleza de un fresco en el que varios querubines jugueteaban entre las nubes. Del centro de la sala colgaba una majestuosa lámpara de araña con ocho brazos de los que colgaban miles de brillantes perlas de cristal milimétricamente pulido. Se acercó a la mesa y comenzó a retirarse la venda para vestirse. Cuando buscó su herida, se sorprendió al encontrar en su lugar tres enormes cicatrices. Decidió vestirse rápidamente cuando escuchó pasos al otro lado de la puerta.

El pomo giró suavemente, emitiendo un suave ruido de muelles mientras lo hacía. Poco a poco, una pequeña cabeza asomó por la ranura, dejando entrever una larga melena rubia que dirigía su mirada hacia la cama donde había estado diez minutos antes. Cuando giró la cabeza, vio a una hermosa niña de ojos grises y mejillas rojizas con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

- ¡Te has despertado!- exclamó jovial. -¡Fantástico! -. La pequeña, de unos diez años, entró en la habitación corriendo y saltando. El vestido negro y el delantal blanco bailaban al compás de los saltos de la niña. -¿Qué tal te encuentras?

- Bien… Creo…- sonrió Alicia. – ¿Me has dejado tú esta ropa?

-Sí. ¡A que es bonita! La he elegido yo. ¡Te queda muy bien! ¿Te gusta?

- Me encanta, eres muy amable. – Alicia se agachó hasta su altura. Parecía que las cosas tornaban a mejor. –Me llamo Alicia, ¿y tú?

La niña agarró su falda e hizo una majestuosa reverencia.
– Me llamo Bathory. Ersebeth Bathory.

martes, 8 de noviembre de 2011

El Galimatazo pt.2

- Tranquila. Jabberwock me ha hablado. No te haré demasiado daño- Su extraño tartamudeo había desaparecido por completo. Su voz sonaba áspera, dura, nada que ver con el timbre que había utilizado minutos antes. Era como si otra persona se hubiese apoderado de su cuerpo. Deslizó su mano por la pierna desnuda de Alicia, desde su pie. Recorrió el tobillo de Alicia hasta llegar a la rodilla, y se dio cuenta de algo extraño: aquellas manos, acostumbradas a tratar y curtir la piel de los animales, eran suaves como el terciopelo, lejos de ser callosas y rudas.

Al llegar a su rodilla, Hatta detuvo su mano y la examinó detenidamente. Se inclinó sobre su pierna hasta que pudo sentir su respiración, cálida y lenta. Inclinó la cabeza mirando el perfil de su muslo, como buscando algún tipo de irregularidad. Esbozó una sonrisa y retiró una mota de polvo que se había posado sobre su tersa piel. Se levantó de nuevo y deslizó la punta del cuchillo por la piel de Alicia, desde su ombligo hasta su cuello. El corazón de Alicia se aceleró y la camilla metálica comenzó a empañarse. Hatta observaba el recorrido del cuchillo sobre su piel totalmente embelesado, como si estuviese disfrutando de la más bella obra de arte. La punta del cuchillo, helada como un témpano de hielo, casi llegaba a cortar de frío sobre su piel caliente. Sobre la frente de Alicia comenzaban a aparecer pequeñas perlas de sudor. No entendía por qué, pero poco a poco, con cada movimiento del cuchillo, parecía relajarse más y más. Había algo mágico en aquel filo que recorría su piel, erizando el vello de su nuca cada vez que cambiaba de dirección. Al final se dio por vencida y paró de moverse, dejándose llevar por el contacto electrizante que aquella hoja transmitía.

Alicia cerró los ojos. En el infinito negro que se abría ante sí, su sentido del tacto se acentuaba, su oído se afinó tanto que el leve susurro de la respiración de Hatta sonaba como si resoplase en su oído. ¿Qué le estaba pasando? Unos minutos antes, luchaba por escapar de la camilla a la que le había amarrado el hombre al que ahora deseaba lascivamente. Tenía algo… Algo indescriptible. Una sensación que nunca antes había sentido. Se sentía sumisa, dominada, con su cuerpo desnudo encadenado y a disposición total de un completo desconocido… De pronto, dejó de sentir el frío tacto del cuchillo, y sintió una cálida lengua bífida resbalar por su cuello. La respiración de Hatta era acompasada, lenta, relajante. Se deslizó por su nuez hasta el borde de su cara, y poco a poco se fue acercando hasta su boca. El contacto de sus labios fue como un veneno de sabor agridulce. El beso, tan apasionado que cuando Hatta se apartó, Alicia buscó sus labios de nuevo. Solo encontró su mejilla, ya que su captor había desplazado su boca hasta su oreja derecha.

- Tú serás mi obra maestra. – susurró. Su aliento fue su primera puñalada, directa, sin dilación, hacia su columna vertebral, recorriéndola de arriba abajo en forma de escalofrío. Alicia le deseó como no había deseado a nadie nunca. Deseó su cuerpo y su alma desde lo más profundo de su ser. Necesitaba aquellas aterciopeladas manos recorriendo su cuerpo, acariciando cada centímetro de su piel pálida y caliente, y allí estaban, recorriendo su vientre y su pecho con la misma delicadeza con la que un escultor retira el polvo de mármol de su reciente obra. La lengua y las manos de Hatta se habían convertido en instrumentos de precisión del placer, en los que cada movimiento, por milimétrico que fuese, parecía arrastrarla hacia el clímax a pasos agigantados. Pero entonces ocurrió algo inesperado.

- Parece que te lo estás pasando bien…- notó un susurro en su oído izquierdo, seguida de un ronroneo. –Espero que yo también pueda jugar. – dijo una voz que reconoció al instante, y sintió como otras dos manos se deslizaban sobre su piel. Eran algo más duras que las de su secuestrador, pero la acariciaban suavemente, como un gato se frota en las piernas de su dueño. Hatta no parecía percatarse de la presencia de aquel extraño. En vez de eso, recorría suavemente el pecho de Alicia, olisqueando y lamiendo donde parecía haber un lunar o una peca. Una lengua, áspera y felina, ascendió por su pierna muy lentamente, desde su tobillo izquierdo, rozando el interior de su muslo para deslizarse hasta su ombligo. Sintió una pequeña punzada y una sensación parecida a la que el cuchillo le había transmitido, pero esta vez eran dos afilados colmillos los que arañaban suavemente su piel. Las dos pequeñas dagas fueron descendiendo cada vez más abajo, hasta que un estremecimiento arremetió en el bajo vientre de Alicia. Las manos de terciopelo parecían no inmutarse de lo que estaba ocurriendo sobre su lienzo en blanco, ya que ahora acariciaban su cuello y su pelo. En pleno éxtasis, una sacudida de dolor y placer se extendió por todo su cuerpo desde su costado izquierdo, seguida de un cálido líquido que resbalaba hacia la camilla. El sombrerero vio como, de la nada, tres profundas puñaladas surcaban el costado de su presa. Alicia abrió los ojos de golpe, sorprendida por un grito estremecedor:

- ¡¡Tú!! ¿Qué has hecho??- la voz de Hatta era como un huracán soplando con toda su fuerza.

Alicia levantó la cabeza, y lentamente vio como aparecía de la nada la silueta de aquel hombre-gato. Primero sus ojos, luego las rayas de su piel, por último su cuerpo. Su mano derecha estaba ensangrentada. Soltó un bufido cuando Hatta le descubrió y de un rápido movimiento salió por la ventana. Mientras aparecía, a Alicia le pareció que le guiñaba uno de sus ojos amarillos mientras se relamía. Y luego llegó el dolor.

Un dolor infernal que le abrasaba el vientre y el pecho impidió a Alicia ver cómo Hatta corría tras el gato, maldiciendo y gritando en algún idioma olvidado. Mientras se retorcía de dolor, el sombrerero se acercó a ella, y la liberó de la camilla. Agarrándola duramente por la muñeca y a empujones, la tiró al suelo desde la camilla, y la sacó a patadas al claro del bosque.

- Fuera de aquí, zorra. –dijo, mientras cerraba la puerta de la cabaña y la dejaba desnuda y malherida en mitad del claro.

martes, 27 de septiembre de 2011

El Galimatazo

Cuando recuperó de nuevo la consciencia, lo primero que notó fueron las cadenas que la aprisionaban. Su cuerpo desnudo se encontraba amarrado por correas de pies y manos a una fría camilla metálica. Intentó zafarse como pudo, en un bizarro y desesperado contorsionismo, pero no hubo manera. Podía sentir su propio sudor resbalar por su piel. Su respiración comenzaba a acelerarse, igual que su corazón, el cual parecía querer escaparse de su pecho. Al escuchar sus movimientos, Hatta entró en la habitación:

- Es un ataque de pánico, tranquilízaTACte o te desmayarás otra vez TAC.- dijo amablemente mientras ponía una bolsa de papel sobre su nariz y boca. –Si hiperTACventilas te mareTACarás. Respira aquí dentro.

Hatta tenía razón. A medida que respiraba en el interior de la bolsa, el ataque fue desvaneciéndose. Una vez recuperada, intentó hablar:

- ¿Vas a matarme?
- No depende de mí. – respondió Hatta, enfundado en su traje blanco. –Ahora no me molestes, tengo algo importante que hacer.- Se dirigió hacia el altar, y arrodillado abrió un libro ante él. Alicia aguzó el oído, y pudo escuchar una oración apenas audible.

Salve, Jabberwock.
Sireñor dos roaminos darcuros
Poesía da pasique ilerma
Lisucha as mias origarias
Y acepta meu poorilde orferenda.
Salve, Jabberwock.
Cerilatura da derte hurema
Sireñor da niche
Kinador da Mona Fuena
Príncipe do undramundo.
Salve, Jabberwock.
Archifice dos Muros,
Sirmo do Forque Turgal,
Mio sirmo, eu te conjuro,
Founte primania do aldo mal.

Terminada la oración, hizo una breve pausa. Se incorporó y cogió un pequeño cuenco de madera. Se acercó al altar y extendió una especie de polvo blanquecino en él. Luego alzó solemnemente su puño derecho con una pequeña cantidad de polvo, y prosiguió con aquella perturbadora oración, esta vez mucho más enfatizada:

Salve, Galimatazo.
Founte do wisdomiento primanio
Bobro ente os bobros.
Wisduría everna
A ti entruendo me
Spelabra do Goios huremo
Lisucha as mias prayarias.
Verbo do Jabberwock.
Amen…

Hecho esto, con un solemne movimiento, se acercó el puño a la cara e introdujo aquella sustancia en su boca.

-Vamos allá…

Cuando se dio la vuelta, tenía la cara completamente desencajada, los ojos abiertos de par en par, con una mirada que parecía capaz de observar el alma en los ojos a los que miraba. Alicia intentó zafarse, pero era inútil. Las correas de cuero le aprisionaban y abrazaban sus muñecas y tobillos. Estaba indefensa sobre una mesa de taxidermia ante un loco trajeado. Por un momento, deseó tener la misma fe que el taxidermista acababa de demostrar con su oración.

martes, 20 de septiembre de 2011

En el claro de la locura

Alicia comenzó a caminar en dirección a aquella pequeña chabola. A medida que se acercaba, empezó a distinguir las voces de dos personas, una cálida y suave, de varón. La otra, algo más aguda, parecía de un niño de diez años. Cuando se encontraba a unos veinte metros de la casa, paró en seco. Aquello que le había parecido una chabola de paja, no era sino una casita de ladrillo recubierta de parduzcas pieles de animales. Un fuerte olor invadió su sentido del olfato hasta casi entumecerlo. Era un olor que nunca había notado antes, rancio, fuerte y embriagador. Se llevó una mano a la nariz para evitar respirar aquella peste, y continuó acercándose. Al llegar junto a la casa, su olfato aún no se había acostumbrado a los vapores que desprendían las pieles.
En una mesa para cuatro comensales, con sus platos debidamente colocados, encontró a una liebre de color marrón tan alta como ella, bebiendo y riéndose junto a una peculiar figura humana. El hombre, que contaría unos treinta años, rellenaba una y otra vez las tazas de té dispuestas frente a ellos con un líquido humeante y verdoso. Un enorme sombrero de copa, doblado y achacado por la edad, coronaba su cabeza. Tardaron un buen rato en descubrir a la intrusa que les espiaba junto a la casa.
- ¡Vaya!,- dijo la liebre clavando sus enormes pupilas negras sobre Alicia -Parece que tenemos compañía.
- Hola…- respondió Alicia, sin acercarse. Ya le había bastado su encuentro anterior para saber que debía andarse con cuidado.
- Hola, pequeña… -el hombre se levantó. La longitud de sus escuálidas piernas casi igualaba la altura de Alicia. Se quitó el sombrero y realizó una exagerada reverencia. –Me llamo Hatta. ¿Cuál es vuestro nombre, pequeña?
- Me llamo Alicia.- musitó. El comportamiento del hombre no era demasiado estrambótico, salvo por su peculiar forma de saludar.
- Es un placer conocerle, Alicia. Por TAC favor, ¿gustaría de tomar una tacita de té junto con mi compañera y un servidor? Está recién hecho.- La liebre se levantó.
- Liebre de Marzo, para servirla.- Dijo mientras le dedicaba una enorme sonrisa.
- Bueno, la verdad es que yo…
- No aceptaré un no por resTACpuesta.- le cortó. Sin embargo, su voz sonaba amable y melódica, henchida de cortesía.
- Verá… Es que me he perdido y quisiera encontr…
- Por favor, pequeña, toma asiento, vamos. Estaré encantado de ayuTACdarte, pero podemos hablar de esto miTACentras tomamos una taza de té. No debes tener miedo.

Hatta estaba en lo cierto. Parecía un hombre de fiar, o al menos su amabilidad lo demostraba, aunque algo en su forma de hablar inquietaba a Alicia. Aun así, decidió sentarse.

- Y dime, pequeña… ¿De dónde eres?- Hatta vertió una abundante taza de la sustancia verdosa y se la pasó a Alicia. En pocos segundos pudo notar un agradable olor, en las antípodas del hedor que emanaba de la chabola.
- De Cheshire…
- ¡Eh! ¡De Cheshire!- gritó la liebre. –Yo tengo un tío en Cheshire, se llama Carlos. Trabaja en la panadería de la calle Ramón Varela. Bueno, no trabaja, es suya.
-¿En serio? ¡Mi madre suele comprar allí el pan!- Alicia no daba crédito. -¡Qué casualidad!
-Si… Bueno… El ministerio de Sanidad se la cerró hace dos semanas…

Se produjo un incómodo silencio. Los tres cogieron sus tazas y dieron un sorbo al humeante líquido. Alicia acercó la taza a su boca. El delicioso olor que emanaba de aquel brebaje dilató sus pupilas. Mojó sus labios suavemente, y un sabor anisado recorrió su lengua. El familiar icor de aquel “té” acabó revelándole que se trataba de alguna sustancia alcohólica. Su sospecha se confirmó cuando vio a la liebre beberse la taza de un trago y caer rendida sobre la mesa. Dio un trago, y tosió un par de veces.

- ¡Ey ey ey!, desTACpacio pequeña, que te TAC vas a atragantar…- Hatta le dio un par de palmadas en la espalda.
- Gracias…- carraspeó Alicia.
- Así que eres TACde Cheshire… ¿Y qué estás hacienTACdo por aquí?
- Ya te lo he dicho, me he perdido. Estaba siguiendo a un conejo blanco, y cuando lo perdí de vista un gato se lo había comido.- El conejo… Ese tacto… Suave, cálido… Algo se revolvió dentro de sí al recordarlo de nuevo.
- Un gaTACto, ¿eh…?- Hatta parecía pensativo. -¿Un gato alTACto, de piel atercioTACpelada? ¿Con TACunas exTACtrañas raTACyas en su piel?
- Si… Era muy raro… Y alto… Y guapo…- Alicia comenzó a sentir pesadez en sus párpados. Una pesadez que no podía soportar. Justo antes de quedarse dormida, descubrió algo que no había visto al llegar. A lo lejos, un manantial de color plata burbujeaba a la luz de la luna de otoño.



Se despertó atada a una vieja silla, debido al insoportable olor del cuero a medio curtir. Unos metros más allá, los huesos descarnados de la Liebre de Marzo yacían sobre una mesa de operaciones improvisada. A su alrededor pudo divisar decenas de criaturas disecadas, animales petrificados en un doloroso gesto de adoración hacia lo que parecía un altar de piedra con una figura deforme de vidrio relleno de mercurio. La voz de Hatta le sacó de su escrutinio por la habitación.

- La taxidermia… Un arte tan antiguo como la locura… TAC.

Entró en la habitación con la piel de la Liebre sobre el brazo, ataviado con un traje de corbata blanco, tan solo corrupto por algunas manchas rojas de lo que, presumiblemente, fueron las manos de la Liebre en un intento desesperado por librarse de su tormento. En su mano, brillaba un cuchillo de afilada hoja.

- Jabberwock estará orgulloso cuando acabe contigo… TAC. Descansa, Alicia, esta va a ser una noche muy larga, sobre todo para ti.

Hatta golpeó duramente el cuello de Alice, dejándola inconsciente.

Biopsia de un cerebro bajo tierra pt.2

El gato se levantó sobre sus patas traseras, revelando su altura real. Alicia levantó la vista hacia el extraño animal que ahora la miraba por encima del hombro. Sobre dos patas, aquella criatura parecía mucho más atlética y ancha que durante todo el tiempo que había permanecido agachado. Con un sutil movimiento, se apartó a la derecha del camino.

- Eso que te has comido...- musitó Alicia, tímidamente.
- ¿Si?
- ¿Era una liebre?
- Supongo que si. O un conejo, quién sabe. Ya te he dicho que era la hora del té.
- ¿Por qué te la has comido?
- Porque los gatos comemos liebres.
- Yo... Había... Había llegado hasta aquí siguiéndole...
- ¿Y pretendías continuar siguiendo a un conejo, y no perderte?- El gato esgrimió de nuevo su sarcástica sonrisa.
- Bueno... yo...
- Muy bien, muy bien -la cortó-. Si deseas seguir por el camino de baldosas de ajedrez, no seré yo quien te lo impida.- dijo mientras alzaba el brazo invitándola a proseguir. Su voz sonaba esta vez mucho más agradable.
- Bien, gracias- replicó Alicia. -¿Me dirás ahora tu nombre?
- Todo a su debido tiempo, Alicia...- contestó, mientras desaparecía en una neblina grisácea. Alicia sintió un escalofrío de miedo.
- ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Espera!
- Sé muchas cosas sobre tí, Alicia.- la voz del gato volvió a sonar lasciva dentro de su cabeza. -Conoce el nombre de una persona, y conocerás toda su vida.
Alicia buscó al extraño gato con su mirada, pero era inútil. Se había volatilizado.

Miró de nuevo hacia el cadáver de la que había sido su guía hasta aquel fatídico encuentro. De la preciosa liebre de pelo blanco como la nieve no quedaba ya más que un amasijo de carne y vísceras. Sin embargo, algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, le empujaba a acercarse. Quería ver de cerca los restos del pobre animal. Quería tocarlos, sentir el calor de la carne recién muerta. La sangre arrollaba por el sombrero de la seta y goteaba en el suelo, formando un pequeño charco que crecía cada segundo con un ruido seco: chap, chap chap... Parecía que el encuentro con aquella depravada criatura había dejado en Alicia una impronta más fuerte de lo que creía.

Suavemente, extendió su mano izquierda hacia el desgarro que los colmillos del gato habían provocado en las tripas de la liebre. Poco a poco, cerró los ojos e introdujo sus dedos en aquel orificio, aún caliente. La sangre humedecía su mano, y un sinfín de sensaciones se extendían por los nervios de sus dedos hasta su cerebro, nuevas sensaciones que nunca antes había sentido inundaron sus neuronas en un torrente de suavidad, calidez y morbo. Abrió los ojos de golpe y sacó bruscamente su mano cuando se dio cuenta que le estaba gustando. Corrió a limpiarse la mano en una de las enormes hojas del suelo, y decidió seguir el camino de baldosas de ajedrez. Al hacerlo, le pareció escuchar una risa felina en el fondo de su cabeza.

Prosiguió su camino en silencio, mirando cada poco su mano izquierda intentando recordar aquel tacto desconocido para ella hasta el momento. Cuando se dió cuenta, había llegado hasta un enorme claro en el que se alzaba una pequeña choza de madera. En la lejanía, cerca de la choza, dos figuras se movían frenéticamente alrededor de lo que parecía una mesa. Apenas podía distinguirlas debido a su miopía, pero entornando los ojos consiguió discernir lo que parecía, esta vez si, una figura humana.


Próxima entrega: En el claro de la locura.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Biopsia de un cerebro bajo tierra

Caminó por aquel extraño bosque repleto de plantas que nunca había visto. Algunos de aquellos troncos tenían el perímetro de veinte hombres con los brazos abiertos. Majestuosos, los gigantescos árboles dejaban caer una suave lluvia de hojas marrones del tamaño de sus dos manos, creando una alfombra multitonal que crepitaba bajo sus pies descalzos. Allá en lo alto, altísimo, quién sabe cuántos pájaros se peleaban por colocar su nido. Los exóticos sonidos embelesaban su mente mientras caminaba por el pequeño sendero de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. De vez en cuando, a los lados del camino, un seta asomaba su sombrero, aveces azulado, otras verdoso con tintes fucsias, algunas con esperpénticos dibujos de espirales y cuadrículas.

Unos pasos más adelante, Alicia se detuvo. Sobre uno de aquellos enormes hongos, un esquelético animal roía apaciblemente lo que antes, a su parecer, habría sido un conejo blanco.

- Hola. Le dijo el gato. Aquella palabra resonó en su cabeza chirriante como un pensamiento lascivo.
- Hola. -Masculló Alicia, inocente. -¿Qué estás comiendo?- fue lo único que acertó a decir.
- Liebre. Es la hora del té.

Los ojos amarillos del gato la examinaron detenidamente. La piel del gato parecía curtida, tersa y sin pelo, y unas excéntricas rayas negras se enroscaban como tentáculos a lo largo del escuálido cuerpo. Al moverse parecían bailar una danza que solo aquella criatura podía escuchar. En su oreja, un enorme aro plateado relucía a la luz de un opaco sol de otoño. Se relamió y dejó a un lado su merienda.

-No... no hace falta que dejes de comer por mí- dijo Alicia, alterada.
-Traquila, no se moverá de ahí. ¿Qué hace una joven como tú sola en este bosque?
- Me he perdido. ¿Podrías indicarme donde está la salida?
- Podría...- Los labios ensangrentados del gato se abrieron en una satírica sonrisa.
- Y... ¿Me lo vas a decir?
- Primero dime cómo te llamas.
- Julia...
- No tienes cara de llamarte Julia...- El gato se bajó de la seta de un salto, y comenzó a trazar círculos a su alrededor.
- Pues me llamo así. ¿Me vas a decir cómo salir de éste bosque?
- ¿No eres de por aquí, verdad?
- No, no lo soy...
- Entonces, ¿cómo sabes que estás perdida?
- Porque no se donde estoy.- Replicó, nerviosa.
- Estás en el bosque Turgal.
- ¿Dónde?
- En el bosque Turgal,- repitió el gato. -Ahora que sabes donde estás, ya no estarás perdida...
- Lo sigo estando porque no conozco la zona.
- ¿A dónde quieres ir?
- No se... Quiero salir del bosque.
- Entonces da igual hacia donde vayas, llegará un momento que se acabará el bosque y habrás salido.

Aquel animal comenzaba a exasperar a Alicia. Sus miradas, su demacrado aspecto, el hecho de que no parase de moverse, sus preguntas... Todo en sí le inquietaba, y a la vez le atraía. Un halo de misterio envolvía aquel lugar y a aquel espectro. El gato se sentó ante ella, cortándole el paso en el camino de ajedrez. Su mirada era fría, sin embargo parecía encerrar más calidez de la que desprendía su aspecto.

- Pero quiero salir por el camino.
- ¿Por qué?
- Porque supongo que llevará a algún sitio.
- Todos los caminos llevan a algún sitio, aunque seas tú la que empiece a marcarlo. ¿Porqué quieres salir del bosque?
- No lo se... Porque no se donde estoy.
- Si que lo sabes, te lo acabo de decir. Y también te he dicho donde está la salida del bosque. ¿Necesitas algo más?
- ¿Quién eres?
- La pregunta no es "quien eres", si no: "quién quieres creer que soy?". Quien soy es irrelevante. Lo que realmente te importa es quién soy para ti.
- Bien, pues ¿quién eres para mí?
- Un gato que habla.
- ¿Y puedo fiarme de un gato que habla?
- No lo sé, nunca he conocido a ninguno...