El gato se levantó sobre sus patas traseras, revelando su altura real. Alicia levantó la vista hacia el extraño animal que ahora la miraba por encima del hombro. Sobre dos patas, aquella criatura parecía mucho más atlética y ancha que durante todo el tiempo que había permanecido agachado. Con un sutil movimiento, se apartó a la derecha del camino.
- Eso que te has comido...- musitó Alicia, tímidamente.
- ¿Si?
- ¿Era una liebre?
- Supongo que si. O un conejo, quién sabe. Ya te he dicho que era la hora del té.
- ¿Por qué te la has comido?
- Porque los gatos comemos liebres.
- Yo... Había... Había llegado hasta aquí siguiéndole...
- ¿Y pretendías continuar siguiendo a un conejo, y no perderte?- El gato esgrimió de nuevo su sarcástica sonrisa.
- Bueno... yo...
- Muy bien, muy bien -la cortó-. Si deseas seguir por el camino de baldosas de ajedrez, no seré yo quien te lo impida.- dijo mientras alzaba el brazo invitándola a proseguir. Su voz sonaba esta vez mucho más agradable.
- Bien, gracias- replicó Alicia. -¿Me dirás ahora tu nombre?
- Todo a su debido tiempo, Alicia...- contestó, mientras desaparecía en una neblina grisácea. Alicia sintió un escalofrío de miedo.
- ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Espera!
- Sé muchas cosas sobre tí, Alicia.- la voz del gato volvió a sonar lasciva dentro de su cabeza. -Conoce el nombre de una persona, y conocerás toda su vida.
Alicia buscó al extraño gato con su mirada, pero era inútil. Se había volatilizado.
Miró de nuevo hacia el cadáver de la que había sido su guía hasta aquel fatídico encuentro. De la preciosa liebre de pelo blanco como la nieve no quedaba ya más que un amasijo de carne y vísceras. Sin embargo, algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, le empujaba a acercarse. Quería ver de cerca los restos del pobre animal. Quería tocarlos, sentir el calor de la carne recién muerta. La sangre arrollaba por el sombrero de la seta y goteaba en el suelo, formando un pequeño charco que crecía cada segundo con un ruido seco: chap, chap chap... Parecía que el encuentro con aquella depravada criatura había dejado en Alicia una impronta más fuerte de lo que creía.
Suavemente, extendió su mano izquierda hacia el desgarro que los colmillos del gato habían provocado en las tripas de la liebre. Poco a poco, cerró los ojos e introdujo sus dedos en aquel orificio, aún caliente. La sangre humedecía su mano, y un sinfín de sensaciones se extendían por los nervios de sus dedos hasta su cerebro, nuevas sensaciones que nunca antes había sentido inundaron sus neuronas en un torrente de suavidad, calidez y morbo. Abrió los ojos de golpe y sacó bruscamente su mano cuando se dio cuenta que le estaba gustando. Corrió a limpiarse la mano en una de las enormes hojas del suelo, y decidió seguir el camino de baldosas de ajedrez. Al hacerlo, le pareció escuchar una risa felina en el fondo de su cabeza.
Prosiguió su camino en silencio, mirando cada poco su mano izquierda intentando recordar aquel tacto desconocido para ella hasta el momento. Cuando se dió cuenta, había llegado hasta un enorme claro en el que se alzaba una pequeña choza de madera. En la lejanía, cerca de la choza, dos figuras se movían frenéticamente alrededor de lo que parecía una mesa. Apenas podía distinguirlas debido a su miopía, pero entornando los ojos consiguió discernir lo que parecía, esta vez si, una figura humana.
Próxima entrega: En el claro de la locura.

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