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Diario en el desierto por Geni Rico se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

La Duquesa pt.2

- ¿Ersebeth?- repitió Alicia. – ¡Qué nombre tan peculiar!

- ¡Sí! No soy de aquí, ¿sabes? Vine desde Centroeuropa hace años-. La niña miró hacia la mesita de noche donde descansaba la bandeja.

-¿No has comido nada? ¡Estarás hambrienta! Ven conmigo- dijo mientras arrastraba a Alicia de la mano.

- ¡Vale, vale, ya voy!- Rió la joven ante la insistencia de la niña. Se puso los zapatos negros que Ersebeth había comprado para ella y siguió a la niña.

La mansión parecía salida de un cuento de hadas: un enorme pasillo se abría ante ella, con puertas a los laterales que supuso serían más dormitorios. Al pasar junto a una de ellas, algo más pequeña, la pequeña le indicó la situación de uno de los cuatro baños de la planta. Al final del pasillo llegaron a un enorme hall con unas escaleras dignas del Palacio de Buckingham, finamente esculpidas en mármol blanco. La elaborada estatua de un niño abrazando a un cordero decoraba el final de la escalera en su planta. En la planta baja, la escultura de una bella mujer enredada en una serpiente daba la bienvenida a quien subía hacia el piso en el que se encontraban.

Cuando llegó abajo, no salió de su asombro. Enormes cortinas de terciopelo rojo colgaban de ventanales góticos, proyectando su reflejo contra el suelo de mármol blanco. En el techo una gigantesca lámpara de araña amenazaba con desplomar el techo debido al peso del oro que contenía. Giraron hacia la derecha para entrar en un comedor acorde con el tamaño de la casa. En sus paredes colgaban numerosos cuadros de bellas mujeres. Una larga mesa ocupaba el centro de la sala, con tanta comida que habría proporcionado sustento a todo Cheshire. Presidiendo todo aquel derroche de lujo y ostentosidad, un majestuoso cuadro de un varón joven colgaba de la pared tras un trono de caoba.

Alicia detuvo la mirada en aquel cuadro. Representaba a un joven de unos treinta años, de pelo corto y negro. En su cara, asomaba una barba de pocos días, desarreglada pero atractiva, y en su mano portaba una rama de castaño que utilizaba a modo de cayado. Estaba semidesnudo, con su definido cuerpo tapado tan solo por una piel grisácea en la que se dibujaban extrañas formas. El fondo lo rellenaba una geografía paradisíaca que nunca había visto. Era perfecto. No la perfección que se podría esperar de un cuadro pintado. Simplemente, perfecto. Cada detalle de la piel, cada arruga de cara árbol, cada detalle de las nubes parecía estar extraído de la misma realidad. Y la mirada… Aquella mirada evocaba el fuego más ardiente que había llegado a sentir. El brillo de aquellos ojos la dejó encandilada, sumisa, como una fuerza que la atraía hacia ellos, hasta que notó que le tiraban de la falda.

- ¡Venga! ¿No tienes hambre? ¡Come lo que quieras! Ahora bajarán los demás, se alegrarán de verte sana y salva –sonrió Ersebeth.

-¿Los demás? –preguntó Alicia.

-¡Claro! ¿Creías que vivía yo sola aquí? Estarán a punto de bajar.

-¿Él también bajará?-dijo, mirando de nuevo el cuadro.

-No. Él sólo sale por la noche. No le gusta la luz. Por eso tiene ventanas tan grandes, para que nosotros la podamos disfrutar.

-¿Quién es?

-Es mi papá.

-¿Cómo se llama? –preguntó intrigada Alicia.

-Tiene muchos nombres. Él te dirá como debes llamarle. –Ersebeth se acercó a Alicia, como para contarle un secreto. –Es una persona muy importante. Ven, este es tu sitio.

Ersebeth acompañó a Alicia hasta una de las sillas dispuestas a la mesa. Apenas se había sentado, comenzó a entrar gente en la sala. Alicia se levantó con educación. La primera mujer en entrar, una bella joven que contaría los treinta, hizo un ademán con su mano para que se sentase.

-Tranquila, pequeña. Dejemos las cortesías para cuando hayas llenado el estómago.

Acto seguido se dirigió al cabecero de la mesa y se sentó a la izquierda del trono.

-Me llamo Alicia… Muchas gracias por cuidar de mí mientras… -La mujer la cortó llevándose el dedo a los labios. -Come, pequeña. Debes reponer fuerzas. –Su mirada era cálida y amable, casi como la de una madre observando dormir a un hijo. –Buenos días, Ersebeth. ¿Has dormido bien?

-Muy bien, mamá. –sonrió la niña. –Le ha gustado mucho la ropa que le he elegido ¿Verdad que le queda bien?

-Sí, cariño, tienes muy buen ojo. Pero deja comer a nuestra invitada.

Poco a poco, cada silla fue ocupada por una persona, hasta un total de siete sin incluirla a ella.

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