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Diario en el desierto por Geni Rico se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 3.0 Unported.

martes, 13 de diciembre de 2011

La Duquesa pt.1

No recordada cuanto tiempo había estado inconsciente. La pérdida de sangre y la experiencia tan cercana a la muerte que acababa de sufrir habían dejado a Alicia agotada. Cuando recuperó el conocimiento, estaba en una mullida cama, con sábanas de lo que parecía raso negro, suaves como la seda. Sobre ella, un cubrecama de plumas aliviaba sus temblores, fruto del frío que había pasado a la intemperie. A su alrededor, una enorme habitación aparecía en penumbra, iluminada levemente por la luz de la Luna, que se colaba por la ventana a través de unos visillos de gasa.

Apenas recordaba vagamente cómo había escapado. Tras el encuentro con Hatta, se había arrastrado malherida hasta el otro extremo del claro, buscando el camino de baldosas de ajedrez. Al llegar al extremo donde comenzaba el bosque, creía haber visto una extraña sombra rondando a su alrededor, posiblemente producto de su delirio tras la sobredosis de mercurio y el esfuerzo de su fuga. Recordaba, entre mareos, haberse escondido en un pequeño tocón de árbol. Pero no tenía ni la más remota idea de donde se hallaba ahora mismo.

Se incorporó sobre la cama, y notó que un aparatoso vendaje le apretaba alrededor de su torso desnudo. A los lados de la cama, sendos candelabros reposaban en sus respectivas mesillas de noche, apagados. En la mesilla derecha vislumbró una bandeja de plata con lo que parecía ser una taza y unos bollitos. Su primer impulso fue lanzarse a por aquel suculento manjar, pero la experiencia le había enseñado duramente a no fiarse de nada de lo que viese en aquel extraño lugar. Pese a que no sabía si aún seguía en aquel bosque y que la habitación era de lo más acogedora, decidió aguantar el hambre, al menos hasta que tuviese contacto con alguien.

Se levantó de la cama y cuando sus ojos se acostumbraron por competo a la luz, comenzó a caminar por la habitación. Era un cuarto de corte victoriano, de techo alto y elaborada marquetería. La decoración parecía una réplica a tamaño real de los muebles que su madre guardaba en la antigua casita de muñecas que su abuelo le había construido. En las paredes, aparecían mujeres vestidas con elegantes ropas de época y una pose prepotente que parecía escaparse del cuadro. Al fondo vio una pequeña mesa redonda, como de café, con cuatro sillas de elaborada carpintería a su alrededor. Sobre ella, un precioso vestido azul cielo y un mandilón blanco parecían esperarle pacientemente. Poco a poco, la luz del alba comenzó a iluminar la habitación, mostrándole todo su esplendor decimonónico: los colores apagados de la noche empezaron a dar paso a brillos dorados y rojos que abrumaban el cuarto. Las sábanas se mostraron ahora de un bellísimo color rojo pasión, así como la moqueta que cubría el suelo y parte de la pared. El techo descubría la inusitada belleza de un fresco en el que varios querubines jugueteaban entre las nubes. Del centro de la sala colgaba una majestuosa lámpara de araña con ocho brazos de los que colgaban miles de brillantes perlas de cristal milimétricamente pulido. Se acercó a la mesa y comenzó a retirarse la venda para vestirse. Cuando buscó su herida, se sorprendió al encontrar en su lugar tres enormes cicatrices. Decidió vestirse rápidamente cuando escuchó pasos al otro lado de la puerta.

El pomo giró suavemente, emitiendo un suave ruido de muelles mientras lo hacía. Poco a poco, una pequeña cabeza asomó por la ranura, dejando entrever una larga melena rubia que dirigía su mirada hacia la cama donde había estado diez minutos antes. Cuando giró la cabeza, vio a una hermosa niña de ojos grises y mejillas rojizas con una enorme sonrisa dibujada en su rostro.

- ¡Te has despertado!- exclamó jovial. -¡Fantástico! -. La pequeña, de unos diez años, entró en la habitación corriendo y saltando. El vestido negro y el delantal blanco bailaban al compás de los saltos de la niña. -¿Qué tal te encuentras?

- Bien… Creo…- sonrió Alicia. – ¿Me has dejado tú esta ropa?

-Sí. ¡A que es bonita! La he elegido yo. ¡Te queda muy bien! ¿Te gusta?

- Me encanta, eres muy amable. – Alicia se agachó hasta su altura. Parecía que las cosas tornaban a mejor. –Me llamo Alicia, ¿y tú?

La niña agarró su falda e hizo una majestuosa reverencia.
– Me llamo Bathory. Ersebeth Bathory.

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