Cuando recuperó de nuevo la consciencia, lo primero que notó fueron las cadenas que la aprisionaban. Su cuerpo desnudo se encontraba amarrado por correas de pies y manos a una fría camilla metálica. Intentó zafarse como pudo, en un bizarro y desesperado contorsionismo, pero no hubo manera. Podía sentir su propio sudor resbalar por su piel. Su respiración comenzaba a acelerarse, igual que su corazón, el cual parecía querer escaparse de su pecho. Al escuchar sus movimientos, Hatta entró en la habitación:
- Es un ataque de pánico, tranquilízaTACte o te desmayarás otra vez TAC.- dijo amablemente mientras ponía una bolsa de papel sobre su nariz y boca. –Si hiperTACventilas te mareTACarás. Respira aquí dentro.
Hatta tenía razón. A medida que respiraba en el interior de la bolsa, el ataque fue desvaneciéndose. Una vez recuperada, intentó hablar:
- ¿Vas a matarme?
- No depende de mí. – respondió Hatta, enfundado en su traje blanco. –Ahora no me molestes, tengo algo importante que hacer.- Se dirigió hacia el altar, y arrodillado abrió un libro ante él. Alicia aguzó el oído, y pudo escuchar una oración apenas audible.
Salve, Jabberwock.
Sireñor dos roaminos darcuros
Poesía da pasique ilerma
Lisucha as mias origarias
Y acepta meu poorilde orferenda.
Salve, Jabberwock.
Cerilatura da derte hurema
Sireñor da niche
Kinador da Mona Fuena
Príncipe do undramundo.
Salve, Jabberwock.
Archifice dos Muros,
Sirmo do Forque Turgal,
Mio sirmo, eu te conjuro,
Founte primania do aldo mal.
Terminada la oración, hizo una breve pausa. Se incorporó y cogió un pequeño cuenco de madera. Se acercó al altar y extendió una especie de polvo blanquecino en él. Luego alzó solemnemente su puño derecho con una pequeña cantidad de polvo, y prosiguió con aquella perturbadora oración, esta vez mucho más enfatizada:
Salve, Galimatazo.
Founte do wisdomiento primanio
Bobro ente os bobros.
Wisduría everna
A ti entruendo me
Spelabra do Goios huremo
Lisucha as mias prayarias.
Verbo do Jabberwock.
Amen…
Hecho esto, con un solemne movimiento, se acercó el puño a la cara e introdujo aquella sustancia en su boca.
-Vamos allá…
Cuando se dio la vuelta, tenía la cara completamente desencajada, los ojos abiertos de par en par, con una mirada que parecía capaz de observar el alma en los ojos a los que miraba. Alicia intentó zafarse, pero era inútil. Las correas de cuero le aprisionaban y abrazaban sus muñecas y tobillos. Estaba indefensa sobre una mesa de taxidermia ante un loco trajeado. Por un momento, deseó tener la misma fe que el taxidermista acababa de demostrar con su oración.
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martes, 27 de septiembre de 2011
martes, 20 de septiembre de 2011
En el claro de la locura
Alicia comenzó a caminar en dirección a aquella pequeña chabola. A medida que se acercaba, empezó a distinguir las voces de dos personas, una cálida y suave, de varón. La otra, algo más aguda, parecía de un niño de diez años. Cuando se encontraba a unos veinte metros de la casa, paró en seco. Aquello que le había parecido una chabola de paja, no era sino una casita de ladrillo recubierta de parduzcas pieles de animales. Un fuerte olor invadió su sentido del olfato hasta casi entumecerlo. Era un olor que nunca había notado antes, rancio, fuerte y embriagador. Se llevó una mano a la nariz para evitar respirar aquella peste, y continuó acercándose. Al llegar junto a la casa, su olfato aún no se había acostumbrado a los vapores que desprendían las pieles.
En una mesa para cuatro comensales, con sus platos debidamente colocados, encontró a una liebre de color marrón tan alta como ella, bebiendo y riéndose junto a una peculiar figura humana. El hombre, que contaría unos treinta años, rellenaba una y otra vez las tazas de té dispuestas frente a ellos con un líquido humeante y verdoso. Un enorme sombrero de copa, doblado y achacado por la edad, coronaba su cabeza. Tardaron un buen rato en descubrir a la intrusa que les espiaba junto a la casa.
- ¡Vaya!,- dijo la liebre clavando sus enormes pupilas negras sobre Alicia -Parece que tenemos compañía.
- Hola…- respondió Alicia, sin acercarse. Ya le había bastado su encuentro anterior para saber que debía andarse con cuidado.
- Hola, pequeña… -el hombre se levantó. La longitud de sus escuálidas piernas casi igualaba la altura de Alicia. Se quitó el sombrero y realizó una exagerada reverencia. –Me llamo Hatta. ¿Cuál es vuestro nombre, pequeña?
- Me llamo Alicia.- musitó. El comportamiento del hombre no era demasiado estrambótico, salvo por su peculiar forma de saludar.
- Es un placer conocerle, Alicia. Por TAC favor, ¿gustaría de tomar una tacita de té junto con mi compañera y un servidor? Está recién hecho.- La liebre se levantó.
- Liebre de Marzo, para servirla.- Dijo mientras le dedicaba una enorme sonrisa.
- Bueno, la verdad es que yo…
- No aceptaré un no por resTACpuesta.- le cortó. Sin embargo, su voz sonaba amable y melódica, henchida de cortesía.
- Verá… Es que me he perdido y quisiera encontr…
- Por favor, pequeña, toma asiento, vamos. Estaré encantado de ayuTACdarte, pero podemos hablar de esto miTACentras tomamos una taza de té. No debes tener miedo.
Hatta estaba en lo cierto. Parecía un hombre de fiar, o al menos su amabilidad lo demostraba, aunque algo en su forma de hablar inquietaba a Alicia. Aun así, decidió sentarse.
- Y dime, pequeña… ¿De dónde eres?- Hatta vertió una abundante taza de la sustancia verdosa y se la pasó a Alicia. En pocos segundos pudo notar un agradable olor, en las antípodas del hedor que emanaba de la chabola.
- De Cheshire…
- ¡Eh! ¡De Cheshire!- gritó la liebre. –Yo tengo un tío en Cheshire, se llama Carlos. Trabaja en la panadería de la calle Ramón Varela. Bueno, no trabaja, es suya.
-¿En serio? ¡Mi madre suele comprar allí el pan!- Alicia no daba crédito. -¡Qué casualidad!
-Si… Bueno… El ministerio de Sanidad se la cerró hace dos semanas…
Se produjo un incómodo silencio. Los tres cogieron sus tazas y dieron un sorbo al humeante líquido. Alicia acercó la taza a su boca. El delicioso olor que emanaba de aquel brebaje dilató sus pupilas. Mojó sus labios suavemente, y un sabor anisado recorrió su lengua. El familiar icor de aquel “té” acabó revelándole que se trataba de alguna sustancia alcohólica. Su sospecha se confirmó cuando vio a la liebre beberse la taza de un trago y caer rendida sobre la mesa. Dio un trago, y tosió un par de veces.
- ¡Ey ey ey!, desTACpacio pequeña, que te TAC vas a atragantar…- Hatta le dio un par de palmadas en la espalda.
- Gracias…- carraspeó Alicia.
- Así que eres TACde Cheshire… ¿Y qué estás hacienTACdo por aquí?
- Ya te lo he dicho, me he perdido. Estaba siguiendo a un conejo blanco, y cuando lo perdí de vista un gato se lo había comido.- El conejo… Ese tacto… Suave, cálido… Algo se revolvió dentro de sí al recordarlo de nuevo.
- Un gaTACto, ¿eh…?- Hatta parecía pensativo. -¿Un gato alTACto, de piel atercioTACpelada? ¿Con TACunas exTACtrañas raTACyas en su piel?
- Si… Era muy raro… Y alto… Y guapo…- Alicia comenzó a sentir pesadez en sus párpados. Una pesadez que no podía soportar. Justo antes de quedarse dormida, descubrió algo que no había visto al llegar. A lo lejos, un manantial de color plata burbujeaba a la luz de la luna de otoño.
Se despertó atada a una vieja silla, debido al insoportable olor del cuero a medio curtir. Unos metros más allá, los huesos descarnados de la Liebre de Marzo yacían sobre una mesa de operaciones improvisada. A su alrededor pudo divisar decenas de criaturas disecadas, animales petrificados en un doloroso gesto de adoración hacia lo que parecía un altar de piedra con una figura deforme de vidrio relleno de mercurio. La voz de Hatta le sacó de su escrutinio por la habitación.
- La taxidermia… Un arte tan antiguo como la locura… TAC.
Entró en la habitación con la piel de la Liebre sobre el brazo, ataviado con un traje de corbata blanco, tan solo corrupto por algunas manchas rojas de lo que, presumiblemente, fueron las manos de la Liebre en un intento desesperado por librarse de su tormento. En su mano, brillaba un cuchillo de afilada hoja.
- Jabberwock estará orgulloso cuando acabe contigo… TAC. Descansa, Alicia, esta va a ser una noche muy larga, sobre todo para ti.
Hatta golpeó duramente el cuello de Alice, dejándola inconsciente.
En una mesa para cuatro comensales, con sus platos debidamente colocados, encontró a una liebre de color marrón tan alta como ella, bebiendo y riéndose junto a una peculiar figura humana. El hombre, que contaría unos treinta años, rellenaba una y otra vez las tazas de té dispuestas frente a ellos con un líquido humeante y verdoso. Un enorme sombrero de copa, doblado y achacado por la edad, coronaba su cabeza. Tardaron un buen rato en descubrir a la intrusa que les espiaba junto a la casa.
- ¡Vaya!,- dijo la liebre clavando sus enormes pupilas negras sobre Alicia -Parece que tenemos compañía.
- Hola…- respondió Alicia, sin acercarse. Ya le había bastado su encuentro anterior para saber que debía andarse con cuidado.
- Hola, pequeña… -el hombre se levantó. La longitud de sus escuálidas piernas casi igualaba la altura de Alicia. Se quitó el sombrero y realizó una exagerada reverencia. –Me llamo Hatta. ¿Cuál es vuestro nombre, pequeña?
- Me llamo Alicia.- musitó. El comportamiento del hombre no era demasiado estrambótico, salvo por su peculiar forma de saludar.
- Es un placer conocerle, Alicia. Por TAC favor, ¿gustaría de tomar una tacita de té junto con mi compañera y un servidor? Está recién hecho.- La liebre se levantó.
- Liebre de Marzo, para servirla.- Dijo mientras le dedicaba una enorme sonrisa.
- Bueno, la verdad es que yo…
- No aceptaré un no por resTACpuesta.- le cortó. Sin embargo, su voz sonaba amable y melódica, henchida de cortesía.
- Verá… Es que me he perdido y quisiera encontr…
- Por favor, pequeña, toma asiento, vamos. Estaré encantado de ayuTACdarte, pero podemos hablar de esto miTACentras tomamos una taza de té. No debes tener miedo.
Hatta estaba en lo cierto. Parecía un hombre de fiar, o al menos su amabilidad lo demostraba, aunque algo en su forma de hablar inquietaba a Alicia. Aun así, decidió sentarse.
- Y dime, pequeña… ¿De dónde eres?- Hatta vertió una abundante taza de la sustancia verdosa y se la pasó a Alicia. En pocos segundos pudo notar un agradable olor, en las antípodas del hedor que emanaba de la chabola.
- De Cheshire…
- ¡Eh! ¡De Cheshire!- gritó la liebre. –Yo tengo un tío en Cheshire, se llama Carlos. Trabaja en la panadería de la calle Ramón Varela. Bueno, no trabaja, es suya.
-¿En serio? ¡Mi madre suele comprar allí el pan!- Alicia no daba crédito. -¡Qué casualidad!
-Si… Bueno… El ministerio de Sanidad se la cerró hace dos semanas…
Se produjo un incómodo silencio. Los tres cogieron sus tazas y dieron un sorbo al humeante líquido. Alicia acercó la taza a su boca. El delicioso olor que emanaba de aquel brebaje dilató sus pupilas. Mojó sus labios suavemente, y un sabor anisado recorrió su lengua. El familiar icor de aquel “té” acabó revelándole que se trataba de alguna sustancia alcohólica. Su sospecha se confirmó cuando vio a la liebre beberse la taza de un trago y caer rendida sobre la mesa. Dio un trago, y tosió un par de veces.
- ¡Ey ey ey!, desTACpacio pequeña, que te TAC vas a atragantar…- Hatta le dio un par de palmadas en la espalda.
- Gracias…- carraspeó Alicia.
- Así que eres TACde Cheshire… ¿Y qué estás hacienTACdo por aquí?
- Ya te lo he dicho, me he perdido. Estaba siguiendo a un conejo blanco, y cuando lo perdí de vista un gato se lo había comido.- El conejo… Ese tacto… Suave, cálido… Algo se revolvió dentro de sí al recordarlo de nuevo.
- Un gaTACto, ¿eh…?- Hatta parecía pensativo. -¿Un gato alTACto, de piel atercioTACpelada? ¿Con TACunas exTACtrañas raTACyas en su piel?
- Si… Era muy raro… Y alto… Y guapo…- Alicia comenzó a sentir pesadez en sus párpados. Una pesadez que no podía soportar. Justo antes de quedarse dormida, descubrió algo que no había visto al llegar. A lo lejos, un manantial de color plata burbujeaba a la luz de la luna de otoño.
Se despertó atada a una vieja silla, debido al insoportable olor del cuero a medio curtir. Unos metros más allá, los huesos descarnados de la Liebre de Marzo yacían sobre una mesa de operaciones improvisada. A su alrededor pudo divisar decenas de criaturas disecadas, animales petrificados en un doloroso gesto de adoración hacia lo que parecía un altar de piedra con una figura deforme de vidrio relleno de mercurio. La voz de Hatta le sacó de su escrutinio por la habitación.
- La taxidermia… Un arte tan antiguo como la locura… TAC.
Entró en la habitación con la piel de la Liebre sobre el brazo, ataviado con un traje de corbata blanco, tan solo corrupto por algunas manchas rojas de lo que, presumiblemente, fueron las manos de la Liebre en un intento desesperado por librarse de su tormento. En su mano, brillaba un cuchillo de afilada hoja.
- Jabberwock estará orgulloso cuando acabe contigo… TAC. Descansa, Alicia, esta va a ser una noche muy larga, sobre todo para ti.
Hatta golpeó duramente el cuello de Alice, dejándola inconsciente.
Biopsia de un cerebro bajo tierra pt.2
El gato se levantó sobre sus patas traseras, revelando su altura real. Alicia levantó la vista hacia el extraño animal que ahora la miraba por encima del hombro. Sobre dos patas, aquella criatura parecía mucho más atlética y ancha que durante todo el tiempo que había permanecido agachado. Con un sutil movimiento, se apartó a la derecha del camino.
- Eso que te has comido...- musitó Alicia, tímidamente.
- ¿Si?
- ¿Era una liebre?
- Supongo que si. O un conejo, quién sabe. Ya te he dicho que era la hora del té.
- ¿Por qué te la has comido?
- Porque los gatos comemos liebres.
- Yo... Había... Había llegado hasta aquí siguiéndole...
- ¿Y pretendías continuar siguiendo a un conejo, y no perderte?- El gato esgrimió de nuevo su sarcástica sonrisa.
- Bueno... yo...
- Muy bien, muy bien -la cortó-. Si deseas seguir por el camino de baldosas de ajedrez, no seré yo quien te lo impida.- dijo mientras alzaba el brazo invitándola a proseguir. Su voz sonaba esta vez mucho más agradable.
- Bien, gracias- replicó Alicia. -¿Me dirás ahora tu nombre?
- Todo a su debido tiempo, Alicia...- contestó, mientras desaparecía en una neblina grisácea. Alicia sintió un escalofrío de miedo.
- ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Espera!
- Sé muchas cosas sobre tí, Alicia.- la voz del gato volvió a sonar lasciva dentro de su cabeza. -Conoce el nombre de una persona, y conocerás toda su vida.
Alicia buscó al extraño gato con su mirada, pero era inútil. Se había volatilizado.
Miró de nuevo hacia el cadáver de la que había sido su guía hasta aquel fatídico encuentro. De la preciosa liebre de pelo blanco como la nieve no quedaba ya más que un amasijo de carne y vísceras. Sin embargo, algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, le empujaba a acercarse. Quería ver de cerca los restos del pobre animal. Quería tocarlos, sentir el calor de la carne recién muerta. La sangre arrollaba por el sombrero de la seta y goteaba en el suelo, formando un pequeño charco que crecía cada segundo con un ruido seco: chap, chap chap... Parecía que el encuentro con aquella depravada criatura había dejado en Alicia una impronta más fuerte de lo que creía.
Suavemente, extendió su mano izquierda hacia el desgarro que los colmillos del gato habían provocado en las tripas de la liebre. Poco a poco, cerró los ojos e introdujo sus dedos en aquel orificio, aún caliente. La sangre humedecía su mano, y un sinfín de sensaciones se extendían por los nervios de sus dedos hasta su cerebro, nuevas sensaciones que nunca antes había sentido inundaron sus neuronas en un torrente de suavidad, calidez y morbo. Abrió los ojos de golpe y sacó bruscamente su mano cuando se dio cuenta que le estaba gustando. Corrió a limpiarse la mano en una de las enormes hojas del suelo, y decidió seguir el camino de baldosas de ajedrez. Al hacerlo, le pareció escuchar una risa felina en el fondo de su cabeza.
Prosiguió su camino en silencio, mirando cada poco su mano izquierda intentando recordar aquel tacto desconocido para ella hasta el momento. Cuando se dió cuenta, había llegado hasta un enorme claro en el que se alzaba una pequeña choza de madera. En la lejanía, cerca de la choza, dos figuras se movían frenéticamente alrededor de lo que parecía una mesa. Apenas podía distinguirlas debido a su miopía, pero entornando los ojos consiguió discernir lo que parecía, esta vez si, una figura humana.
Próxima entrega: En el claro de la locura.
- Eso que te has comido...- musitó Alicia, tímidamente.
- ¿Si?
- ¿Era una liebre?
- Supongo que si. O un conejo, quién sabe. Ya te he dicho que era la hora del té.
- ¿Por qué te la has comido?
- Porque los gatos comemos liebres.
- Yo... Había... Había llegado hasta aquí siguiéndole...
- ¿Y pretendías continuar siguiendo a un conejo, y no perderte?- El gato esgrimió de nuevo su sarcástica sonrisa.
- Bueno... yo...
- Muy bien, muy bien -la cortó-. Si deseas seguir por el camino de baldosas de ajedrez, no seré yo quien te lo impida.- dijo mientras alzaba el brazo invitándola a proseguir. Su voz sonaba esta vez mucho más agradable.
- Bien, gracias- replicó Alicia. -¿Me dirás ahora tu nombre?
- Todo a su debido tiempo, Alicia...- contestó, mientras desaparecía en una neblina grisácea. Alicia sintió un escalofrío de miedo.
- ¡Cómo sabes mi nombre! ¡Espera!
- Sé muchas cosas sobre tí, Alicia.- la voz del gato volvió a sonar lasciva dentro de su cabeza. -Conoce el nombre de una persona, y conocerás toda su vida.
Alicia buscó al extraño gato con su mirada, pero era inútil. Se había volatilizado.
Miró de nuevo hacia el cadáver de la que había sido su guía hasta aquel fatídico encuentro. De la preciosa liebre de pelo blanco como la nieve no quedaba ya más que un amasijo de carne y vísceras. Sin embargo, algo dentro de ella, en lo más profundo de su ser, le empujaba a acercarse. Quería ver de cerca los restos del pobre animal. Quería tocarlos, sentir el calor de la carne recién muerta. La sangre arrollaba por el sombrero de la seta y goteaba en el suelo, formando un pequeño charco que crecía cada segundo con un ruido seco: chap, chap chap... Parecía que el encuentro con aquella depravada criatura había dejado en Alicia una impronta más fuerte de lo que creía.
Suavemente, extendió su mano izquierda hacia el desgarro que los colmillos del gato habían provocado en las tripas de la liebre. Poco a poco, cerró los ojos e introdujo sus dedos en aquel orificio, aún caliente. La sangre humedecía su mano, y un sinfín de sensaciones se extendían por los nervios de sus dedos hasta su cerebro, nuevas sensaciones que nunca antes había sentido inundaron sus neuronas en un torrente de suavidad, calidez y morbo. Abrió los ojos de golpe y sacó bruscamente su mano cuando se dio cuenta que le estaba gustando. Corrió a limpiarse la mano en una de las enormes hojas del suelo, y decidió seguir el camino de baldosas de ajedrez. Al hacerlo, le pareció escuchar una risa felina en el fondo de su cabeza.
Prosiguió su camino en silencio, mirando cada poco su mano izquierda intentando recordar aquel tacto desconocido para ella hasta el momento. Cuando se dió cuenta, había llegado hasta un enorme claro en el que se alzaba una pequeña choza de madera. En la lejanía, cerca de la choza, dos figuras se movían frenéticamente alrededor de lo que parecía una mesa. Apenas podía distinguirlas debido a su miopía, pero entornando los ojos consiguió discernir lo que parecía, esta vez si, una figura humana.
Próxima entrega: En el claro de la locura.
lunes, 19 de septiembre de 2011
Biopsia de un cerebro bajo tierra
Caminó por aquel extraño bosque repleto de plantas que nunca había visto. Algunos de aquellos troncos tenían el perímetro de veinte hombres con los brazos abiertos. Majestuosos, los gigantescos árboles dejaban caer una suave lluvia de hojas marrones del tamaño de sus dos manos, creando una alfombra multitonal que crepitaba bajo sus pies descalzos. Allá en lo alto, altísimo, quién sabe cuántos pájaros se peleaban por colocar su nido. Los exóticos sonidos embelesaban su mente mientras caminaba por el pequeño sendero de baldosas blancas y negras, como un tablero de ajedrez. De vez en cuando, a los lados del camino, un seta asomaba su sombrero, aveces azulado, otras verdoso con tintes fucsias, algunas con esperpénticos dibujos de espirales y cuadrículas.
Unos pasos más adelante, Alicia se detuvo. Sobre uno de aquellos enormes hongos, un esquelético animal roía apaciblemente lo que antes, a su parecer, habría sido un conejo blanco.
- Hola. Le dijo el gato. Aquella palabra resonó en su cabeza chirriante como un pensamiento lascivo.
- Hola. -Masculló Alicia, inocente. -¿Qué estás comiendo?- fue lo único que acertó a decir.
- Liebre. Es la hora del té.
Los ojos amarillos del gato la examinaron detenidamente. La piel del gato parecía curtida, tersa y sin pelo, y unas excéntricas rayas negras se enroscaban como tentáculos a lo largo del escuálido cuerpo. Al moverse parecían bailar una danza que solo aquella criatura podía escuchar. En su oreja, un enorme aro plateado relucía a la luz de un opaco sol de otoño. Se relamió y dejó a un lado su merienda.
-No... no hace falta que dejes de comer por mí- dijo Alicia, alterada.
-Traquila, no se moverá de ahí. ¿Qué hace una joven como tú sola en este bosque?
- Me he perdido. ¿Podrías indicarme donde está la salida?
- Podría...- Los labios ensangrentados del gato se abrieron en una satírica sonrisa.
- Y... ¿Me lo vas a decir?
- Primero dime cómo te llamas.
- Julia...
- No tienes cara de llamarte Julia...- El gato se bajó de la seta de un salto, y comenzó a trazar círculos a su alrededor.
- Pues me llamo así. ¿Me vas a decir cómo salir de éste bosque?
- ¿No eres de por aquí, verdad?
- No, no lo soy...
- Entonces, ¿cómo sabes que estás perdida?
- Porque no se donde estoy.- Replicó, nerviosa.
- Estás en el bosque Turgal.
- ¿Dónde?
- En el bosque Turgal,- repitió el gato. -Ahora que sabes donde estás, ya no estarás perdida...
- Lo sigo estando porque no conozco la zona.
- ¿A dónde quieres ir?
- No se... Quiero salir del bosque.
- Entonces da igual hacia donde vayas, llegará un momento que se acabará el bosque y habrás salido.
Aquel animal comenzaba a exasperar a Alicia. Sus miradas, su demacrado aspecto, el hecho de que no parase de moverse, sus preguntas... Todo en sí le inquietaba, y a la vez le atraía. Un halo de misterio envolvía aquel lugar y a aquel espectro. El gato se sentó ante ella, cortándole el paso en el camino de ajedrez. Su mirada era fría, sin embargo parecía encerrar más calidez de la que desprendía su aspecto.
- Pero quiero salir por el camino.
- ¿Por qué?
- Porque supongo que llevará a algún sitio.
- Todos los caminos llevan a algún sitio, aunque seas tú la que empiece a marcarlo. ¿Porqué quieres salir del bosque?
- No lo se... Porque no se donde estoy.
- Si que lo sabes, te lo acabo de decir. Y también te he dicho donde está la salida del bosque. ¿Necesitas algo más?
- ¿Quién eres?
- La pregunta no es "quien eres", si no: "quién quieres creer que soy?". Quien soy es irrelevante. Lo que realmente te importa es quién soy para ti.
- Bien, pues ¿quién eres para mí?
- Un gato que habla.
- ¿Y puedo fiarme de un gato que habla?
- No lo sé, nunca he conocido a ninguno...
Unos pasos más adelante, Alicia se detuvo. Sobre uno de aquellos enormes hongos, un esquelético animal roía apaciblemente lo que antes, a su parecer, habría sido un conejo blanco.
- Hola. Le dijo el gato. Aquella palabra resonó en su cabeza chirriante como un pensamiento lascivo.
- Hola. -Masculló Alicia, inocente. -¿Qué estás comiendo?- fue lo único que acertó a decir.
- Liebre. Es la hora del té.
Los ojos amarillos del gato la examinaron detenidamente. La piel del gato parecía curtida, tersa y sin pelo, y unas excéntricas rayas negras se enroscaban como tentáculos a lo largo del escuálido cuerpo. Al moverse parecían bailar una danza que solo aquella criatura podía escuchar. En su oreja, un enorme aro plateado relucía a la luz de un opaco sol de otoño. Se relamió y dejó a un lado su merienda.
-No... no hace falta que dejes de comer por mí- dijo Alicia, alterada.
-Traquila, no se moverá de ahí. ¿Qué hace una joven como tú sola en este bosque?
- Me he perdido. ¿Podrías indicarme donde está la salida?
- Podría...- Los labios ensangrentados del gato se abrieron en una satírica sonrisa.
- Y... ¿Me lo vas a decir?
- Primero dime cómo te llamas.
- Julia...
- No tienes cara de llamarte Julia...- El gato se bajó de la seta de un salto, y comenzó a trazar círculos a su alrededor.
- Pues me llamo así. ¿Me vas a decir cómo salir de éste bosque?
- ¿No eres de por aquí, verdad?
- No, no lo soy...
- Entonces, ¿cómo sabes que estás perdida?
- Porque no se donde estoy.- Replicó, nerviosa.
- Estás en el bosque Turgal.
- ¿Dónde?
- En el bosque Turgal,- repitió el gato. -Ahora que sabes donde estás, ya no estarás perdida...
- Lo sigo estando porque no conozco la zona.
- ¿A dónde quieres ir?
- No se... Quiero salir del bosque.
- Entonces da igual hacia donde vayas, llegará un momento que se acabará el bosque y habrás salido.
Aquel animal comenzaba a exasperar a Alicia. Sus miradas, su demacrado aspecto, el hecho de que no parase de moverse, sus preguntas... Todo en sí le inquietaba, y a la vez le atraía. Un halo de misterio envolvía aquel lugar y a aquel espectro. El gato se sentó ante ella, cortándole el paso en el camino de ajedrez. Su mirada era fría, sin embargo parecía encerrar más calidez de la que desprendía su aspecto.
- Pero quiero salir por el camino.
- ¿Por qué?
- Porque supongo que llevará a algún sitio.
- Todos los caminos llevan a algún sitio, aunque seas tú la que empiece a marcarlo. ¿Porqué quieres salir del bosque?
- No lo se... Porque no se donde estoy.
- Si que lo sabes, te lo acabo de decir. Y también te he dicho donde está la salida del bosque. ¿Necesitas algo más?
- ¿Quién eres?
- La pregunta no es "quien eres", si no: "quién quieres creer que soy?". Quien soy es irrelevante. Lo que realmente te importa es quién soy para ti.
- Bien, pues ¿quién eres para mí?
- Un gato que habla.
- ¿Y puedo fiarme de un gato que habla?
- No lo sé, nunca he conocido a ninguno...
Café quemado
Café quemado
quemado del tiempo
ardiendo de vivir,
dulce de cama vacía,
oscuro de corazón roto.
Solo, con hielo,
en vaso, sin asa
para que no haya por donde cogerlo.
Aguado con el agua de mi destino,
frío, amargo, arenoso,
pintado de gris y ocre,
de marrones oscuros y negros.
Café quemado
como tus ojos,
ardientes de vivir,
de mirada dulce de noche vacía,
oscuros de corazón profundo,
solos, helados,
tan blanco su blanco
que el blanco les tiene envidia.
Tan marrón su marrón
que se esconden tras tu piel.
Aguados, en las lágrimas que,
una vez, congeló el tiempo.
Fríos, amargos, arenosos
pintan el mundo de gris y de negro.
Café quemado,
café en silencio.
quemado del tiempo
ardiendo de vivir,
dulce de cama vacía,
oscuro de corazón roto.
Solo, con hielo,
en vaso, sin asa
para que no haya por donde cogerlo.
Aguado con el agua de mi destino,
frío, amargo, arenoso,
pintado de gris y ocre,
de marrones oscuros y negros.
Café quemado
como tus ojos,
ardientes de vivir,
de mirada dulce de noche vacía,
oscuros de corazón profundo,
solos, helados,
tan blanco su blanco
que el blanco les tiene envidia.
Tan marrón su marrón
que se esconden tras tu piel.
Aguados, en las lágrimas que,
una vez, congeló el tiempo.
Fríos, amargos, arenosos
pintan el mundo de gris y de negro.
Café quemado,
café en silencio.
martes, 6 de septiembre de 2011
Diabetes galopante
El amor está muerto, viva el superego.
Ni cambiaré mi forma de ser,
ni saltaré al vacío, no.
Ni te diré más "tequieros"
ni pienso mirarte por las noches
ni llevarte el desayuno a la cama,
tampoco te echaré de menos en mis sueños
y mis ojos no verán ni una puta lágrima.
Mi cama es más grande vacía que contigo,
y la ducha más caliente, mi movil tiene saldo,
en mi cartera hay algo más de dinero,
mis juergas son más largas,
y "sexo en nueva york" ha desaparecido de mi portatil.
Ahora hay cuatro sitios en mi coche,
en mi diccionario no hay "caris", ni "vidas",
y hablando de vida,
mi vida social bastante más activa,
si ronco nadie me despierta a medianoche,
ya no hay pelos largos en mi almohada,
nadie me abraza y me asa de calor por las noches,
nadie me mata de frío por quitarme las sábanas,
en mi baño hay un cepillo y una cuchilla,
nada de maquillaje, cremas y cinco toallas,
la tele lleva apagada más de tres semanas,
miro a las mujeres que me da la gana.
Quedar con los colegas sí es una excusa para salir,
y la regla no es excusa para quedarse en casa.
Hasta la polla del amor, guardáoslo todo.
No sabéis lo que os perdéis con una vida solitaria.
Amo al desamor, y el desamor me ama.
Ni cambiaré mi forma de ser,
ni saltaré al vacío, no.
Ni te diré más "tequieros"
ni pienso mirarte por las noches
ni llevarte el desayuno a la cama,
tampoco te echaré de menos en mis sueños
y mis ojos no verán ni una puta lágrima.
Mi cama es más grande vacía que contigo,
y la ducha más caliente, mi movil tiene saldo,
en mi cartera hay algo más de dinero,
mis juergas son más largas,
y "sexo en nueva york" ha desaparecido de mi portatil.
Ahora hay cuatro sitios en mi coche,
en mi diccionario no hay "caris", ni "vidas",
y hablando de vida,
mi vida social bastante más activa,
si ronco nadie me despierta a medianoche,
ya no hay pelos largos en mi almohada,
nadie me abraza y me asa de calor por las noches,
nadie me mata de frío por quitarme las sábanas,
en mi baño hay un cepillo y una cuchilla,
nada de maquillaje, cremas y cinco toallas,
la tele lleva apagada más de tres semanas,
miro a las mujeres que me da la gana.
Quedar con los colegas sí es una excusa para salir,
y la regla no es excusa para quedarse en casa.
Hasta la polla del amor, guardáoslo todo.
No sabéis lo que os perdéis con una vida solitaria.
Amo al desamor, y el desamor me ama.
domingo, 31 de julio de 2011
Deja que el GPS te pierda
Galiza blanca de murmullo
de vientos de aspas y generadores,
Galiza de carreteras secundarias,
de cunetas, de horquillas, de monte.
Fuente de meigas y meigallos,
de cheiro dos mortos, tronos e raios,
pogos y polvo, chupitos dados,
Galiza fría, oscura, sola,
Galiza ardiente, sábanas en la sombra.
Galiza amante, martirio y hermana.
Escrito el 29 de Julio de 2011, en algún punto de la carretera LU-6601 a 20 km de Viveiro.
de vientos de aspas y generadores,
Galiza de carreteras secundarias,
de cunetas, de horquillas, de monte.
Fuente de meigas y meigallos,
de cheiro dos mortos, tronos e raios,
pogos y polvo, chupitos dados,
Galiza fría, oscura, sola,
Galiza ardiente, sábanas en la sombra.
Galiza amante, martirio y hermana.
Escrito el 29 de Julio de 2011, en algún punto de la carretera LU-6601 a 20 km de Viveiro.
miércoles, 13 de julio de 2011
No pares...
Y desciende a la vorágine de bondage con el vissage de tu lengua bífida de sátira amarga que entre escozores hace estremecer la piel de este endeble ser de hiel que untado en miel y nata se delata como tu cómplice esta noche de placer en el nudo de tu alma que amarrada a las sábanas muerde la almohada por no poder moverse del anochecer de nuestras miradas acompasadas a una respiración pausada y entrecortada que decora las paredes de la cámara oscura que retrata nuestro particular cuento de hadas que se acelera a más y más cuanto más rápido late ya la máquina del corazón a golpes sin razón ni ton ni son aumentan la presión y la humedad de la habitación con cada sollozo que ya es grito de pasión en nombre de los arazaños de mi espalda grita mi nombre una vez más mientras llegas al clímax y me arañas y prometo volver a revolver y a recordar tu falda plisada que tantas llamas trajo hasta mi cama... Ahora abrázate a mi pecho... y descansa...
jueves, 23 de junio de 2011
A veces
A veces, en momentos de soledad en la cama
no sabes por qué motivo y sin venir a cuento
recuerdas un olor. El olor de ese pelo
que parece que se quedó guardado
en la almohada eternamente.
Ese pelo que brilló a tu lado,
ese al que acercabas la nariz
mientras ella dormía. El que apartabas
en las guerras por ponerse encima.
Y del olor del pelo viene el de la piel,
aquella piel, blanca o morena,
que era la cosa más suave que has tocado nunca
y la que te hizo adicto a su electricidad,
que al tocarla te erizaba el vello del cuerpo.
Aquella piel que se marchó,
que a la luz de la luna llena
era un regalo para tus ojos
y una bendición que encontrarla,
allí, desnuda en tu cama.
Pero todo se olvida cuando te limpias la mano y te pones a dormir.
no sabes por qué motivo y sin venir a cuento
recuerdas un olor. El olor de ese pelo
que parece que se quedó guardado
en la almohada eternamente.
Ese pelo que brilló a tu lado,
ese al que acercabas la nariz
mientras ella dormía. El que apartabas
en las guerras por ponerse encima.
Y del olor del pelo viene el de la piel,
aquella piel, blanca o morena,
que era la cosa más suave que has tocado nunca
y la que te hizo adicto a su electricidad,
que al tocarla te erizaba el vello del cuerpo.
Aquella piel que se marchó,
que a la luz de la luna llena
era un regalo para tus ojos
y una bendición que encontrarla,
allí, desnuda en tu cama.
Pero todo se olvida cuando te limpias la mano y te pones a dormir.
martes, 26 de abril de 2011
No es más que otro folio en blanco
No es más que otro folio en blanco,
Otro cántaro que no llegará a la fuente
Porque la lechera, como siempre, se quedará durmiendo
Soñando, muerta y despierta,
con un mundo que jamás será suyo.
No es más que otro folio en blanco.
Otro bolígrafo vacío que,
peleando por su último aliento, consigue vomitar
su bilis azul sobre la suela de un zapato
para pasar a su mejor vida de cerbatana preescolar.
No es más que otro folio en blanco.
El vacío brillo del negro que toma sentido
contrastado en el fondo alabastro,
esclavo de las manos de un poeta
que no sabe donde dejó su métrica,
ni su rima,
ni sus clases de lírica encorsetada en endecasílabos,
asonantes, consonantes, mayores y menores…
¿Qué le queda al músico, cuando ya no sabe armonizar?
¿Qué le queda al poeta, cuando ya no sabe ni rimar?
No…
No es más que otro folio en blanco.
Otro cántaro que no llegará a la fuente
Porque la lechera, como siempre, se quedará durmiendo
Soñando, muerta y despierta,
con un mundo que jamás será suyo.
No es más que otro folio en blanco.
Otro bolígrafo vacío que,
peleando por su último aliento, consigue vomitar
su bilis azul sobre la suela de un zapato
para pasar a su mejor vida de cerbatana preescolar.
No es más que otro folio en blanco.
El vacío brillo del negro que toma sentido
contrastado en el fondo alabastro,
esclavo de las manos de un poeta
que no sabe donde dejó su métrica,
ni su rima,
ni sus clases de lírica encorsetada en endecasílabos,
asonantes, consonantes, mayores y menores…
¿Qué le queda al músico, cuando ya no sabe armonizar?
¿Qué le queda al poeta, cuando ya no sabe ni rimar?
No…
No es más que otro folio en blanco.
domingo, 27 de marzo de 2011
Ciclo
Aire...
Entumecido y viciado
por el humo de los recuerdos.
Pesado y asfixiante,
apaga el más ardiente de los fuegos.
Tierra...
Desde el cielo, inmensa,
infinita y atestada de males.
Desde su rostro, austera,
partículas de polvo que se lleva el aire.
Agua...
La vida. En mi alma
torrente de sombra en ventana abierta.
Llueve en mi almohada
y devuelve el vuelo del fénix a tierra.
Fuego...
Quemadura de hierro
que en mi mente, su nombre guarda.
Y una vez más, como siempre
se ahogarán sus cenizas en la xana del agua.
Entumecido y viciado
por el humo de los recuerdos.
Pesado y asfixiante,
apaga el más ardiente de los fuegos.
Tierra...
Desde el cielo, inmensa,
infinita y atestada de males.
Desde su rostro, austera,
partículas de polvo que se lleva el aire.
Agua...
La vida. En mi alma
torrente de sombra en ventana abierta.
Llueve en mi almohada
y devuelve el vuelo del fénix a tierra.
Fuego...
Quemadura de hierro
que en mi mente, su nombre guarda.
Y una vez más, como siempre
se ahogarán sus cenizas en la xana del agua.
martes, 1 de marzo de 2011
Deconstrucción de un año
Me sobran Febreros,
Me llueven las primaveras,
No gano pa Noviembres,
en Agosto borro las huellas
que se me atragantaron en la arena.
A más frío más inviernos,
los Diciémbreses se me hacen largos,
los Eneros se me encuestan
y Junio se me queda lejos.
Me guardo tres o cuatro Abriles en una maleta
por si llueve, que me voy de viaje
a coger Octubres rojos, asi que
me wakeas güen September ends,
que no me apetecen más veranos.
De momento voy a dormirme Marzo y a comprarme un otoño,
que lo empiezo comiendo techo porque solo se le ocurre al señor cáncer de Julio
ponerse a escribir a las horas en las que hasta Mayo está durmiendo.
Me llueven las primaveras,
No gano pa Noviembres,
en Agosto borro las huellas
que se me atragantaron en la arena.
A más frío más inviernos,
los Diciémbreses se me hacen largos,
los Eneros se me encuestan
y Junio se me queda lejos.
Me guardo tres o cuatro Abriles en una maleta
por si llueve, que me voy de viaje
a coger Octubres rojos, asi que
me wakeas güen September ends,
que no me apetecen más veranos.
De momento voy a dormirme Marzo y a comprarme un otoño,
que lo empiezo comiendo techo porque solo se le ocurre al señor cáncer de Julio
ponerse a escribir a las horas en las que hasta Mayo está durmiendo.
lunes, 21 de febrero de 2011
Autobiografía de un demente
El lector atento y observador habrá notado en más de un escrito
en este blog algunos tintes autobiográficos, algunos reales, otros no.
En este caso y para que no quede la menor duda,
se lo dejo claro desde el mismo título.
Se pueden decir mil cosas cuando se habla con alguien,
pero lo que piensas realmente se te quedará dentro.
Siempre hay una verdad que no le contarías ni a tu madre,
un secreto inconfesable o una realidad dolorosa, que,
por mucha sinceridad que destile tu caracter, nunca saldrá de tu boca.
Y a mí se me quedaron tantas cosas que decir...
Cuántas cosas quería decirte y no te dije, y solo miraba
y buscaba y esquivaba la complicidad en tus ojos, aquella
complicidad que saltaba a la primera de cambio.
Yo no hablaba, yo solo esperaba, te escuchaba,
pensaba en el abrazo que acababa de darte al verte de nuevo,
y añoraba caminar por Madriz cogiéndote la mano,
buscar una cervecería y hablar sirénido o gñapés
y que la gente nos mirase raro,
pensaba en todo lo que habías sido
y en todo lo que eras en ese momento.
Tu hablabas. Y hablabas mucho.
Incluso por momentos me pareció demasiado para ti (y eso que tu eres habladora).
Supongo -porque no me puedo meter en tu cabeza- que querías manejar la conversación,
monotemática y con pocos puntos de inflexión, todos ellos relativos a un tema que, si se me permite, es bastante trivial. Me refiero, suele ser un tema para romper el hielo, no entraña demasiada profundidad -tampoco pretendo decir que carezca de importancia-. Fue una conversación encorsetada y encauzada a no ser demasiado profunda, con miles de temas tabú, bromas tabú y millones de comentarios que se quedaron en nuestras cabezas porque "ya no somos nadie para decirnos nada el uno al otro".
Cuando nos despedimos, miré hacia atrás,
esperando que "balada triste de trompeta" me hubiese dicho una mentira.
Todo indicaba lo contrario, así que me sentí ridículo,
aunque ya es sabido que sin guion nada acaba bien.
Despues intenté vomitar algo en 155 caracteres
y acabé llenando tres mensajes de texto.
No se cuando recibí tu contestación,
pero pedías perdón por haber tardado,
así que supongo que fue tarde.
Pese a todo, creo que el pensamiento que más dolía
-y a la vez que el más absurdo de todos-
era el deseo de que se te cruzase el cable
y aparecieses por Atocha.
Como una vez esribió el sabio:
"si deseas algo, el universo entero conspira para que se cumpla"
y tuvo que darse la puta casualidad que había luna llena.
Así que, compuesto, borracho, magullado y sin cerebro
soporté miradas de catorce horas pensando
"por qué Geni tiene tan mala cara"
sin que ninguna de ellas tuviese el valor de decirlo.
en este blog algunos tintes autobiográficos, algunos reales, otros no.
En este caso y para que no quede la menor duda,
se lo dejo claro desde el mismo título.
Se pueden decir mil cosas cuando se habla con alguien,
pero lo que piensas realmente se te quedará dentro.
Siempre hay una verdad que no le contarías ni a tu madre,
un secreto inconfesable o una realidad dolorosa, que,
por mucha sinceridad que destile tu caracter, nunca saldrá de tu boca.
Y a mí se me quedaron tantas cosas que decir...
Cuántas cosas quería decirte y no te dije, y solo miraba
y buscaba y esquivaba la complicidad en tus ojos, aquella
complicidad que saltaba a la primera de cambio.
Yo no hablaba, yo solo esperaba, te escuchaba,
pensaba en el abrazo que acababa de darte al verte de nuevo,
y añoraba caminar por Madriz cogiéndote la mano,
buscar una cervecería y hablar sirénido o gñapés
y que la gente nos mirase raro,
pensaba en todo lo que habías sido
y en todo lo que eras en ese momento.
Tu hablabas. Y hablabas mucho.
Incluso por momentos me pareció demasiado para ti (y eso que tu eres habladora).
Supongo -porque no me puedo meter en tu cabeza- que querías manejar la conversación,
monotemática y con pocos puntos de inflexión, todos ellos relativos a un tema que, si se me permite, es bastante trivial. Me refiero, suele ser un tema para romper el hielo, no entraña demasiada profundidad -tampoco pretendo decir que carezca de importancia-. Fue una conversación encorsetada y encauzada a no ser demasiado profunda, con miles de temas tabú, bromas tabú y millones de comentarios que se quedaron en nuestras cabezas porque "ya no somos nadie para decirnos nada el uno al otro".
Cuando nos despedimos, miré hacia atrás,
esperando que "balada triste de trompeta" me hubiese dicho una mentira.
Todo indicaba lo contrario, así que me sentí ridículo,
aunque ya es sabido que sin guion nada acaba bien.
Despues intenté vomitar algo en 155 caracteres
y acabé llenando tres mensajes de texto.
No se cuando recibí tu contestación,
pero pedías perdón por haber tardado,
así que supongo que fue tarde.
Pese a todo, creo que el pensamiento que más dolía
-y a la vez que el más absurdo de todos-
era el deseo de que se te cruzase el cable
y aparecieses por Atocha.
Como una vez esribió el sabio:
"si deseas algo, el universo entero conspira para que se cumpla"
y tuvo que darse la puta casualidad que había luna llena.
Así que, compuesto, borracho, magullado y sin cerebro
soporté miradas de catorce horas pensando
"por qué Geni tiene tan mala cara"
sin que ninguna de ellas tuviese el valor de decirlo.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Escribe tu nombre aquí
Los ojos, el espejo del alma.
Una ventana a nuestra mente y a nuestro interior, tan grande que cualquiera puede entrar por ella.
(Cualquiera que sepa trepar, claro)
Pero a la vez tan pequeña que apenas nos damos cuenta si está abierta o cerrada. También están los masoquistas que la dejan abierta a propósito, aunque lo disimulan muy bien.
Pero bueno, a lo que iba:
Esa ventana a nuestro mundo interior está abierta casi siempre, por mucho que no queramos reconocerlo.
Está ahí para que cualquiera en el bus, en el metro, en la discoteca o en mitad de la calle nos mire,
y de repente... ¡hop! tenemos un intruso en nuestra cabeza.
Algunos se cuelan, echan un vistazo y se largan otra vez, como quien hojea libros en una librería a ver si alguno le llama la atención...
Algunos tan solo se asoman al alféizar y echan una mirada furtiva dentro, como buscando la chica en ropa interior...
Otros simplemente pasan de largo, o tienen la cortesía de cerrar la ventana...
Pero otros (en mi opinión los más cabrones) se cuelan con la agilidad del guante blanco hasta la cocina, y como no tienen mejor cosa que hacer empiezan a revolver, a desordenarlo todo, a descolocar la estantería de sentimientos del bajo-cubierta, incluso algunos te tiran abajo todo el cable eléctrico y te dejan a oscuras.
Que digo yo, vaya tontería, ¿no? ¿Para qué querrías dejar a oscuras a alguien?
En fín... Caprichos del destino, a veces ese ladrón (o ladrona, claro) de guante blanco, tiene tanta puntería que te roba lo que más quieres.
No hay que ponerse metafórico, que si me roba el corazón, bla bla bla. No.
Basta que te robe algo que vayas a echar en falta, cualquier cosa (yo que se lo que tendrá la gente en la cabeza, oye).
Y ahí sí que tienes un problema, colega... Porque no te vas a quitar de la cabeza los ojos de esa persona que (en el bus, en el metro, en la discoteca o en mitad de la calle) acaba de cruzar la mirada contigo.
Una ventana a nuestra mente y a nuestro interior, tan grande que cualquiera puede entrar por ella.
(Cualquiera que sepa trepar, claro)
Pero a la vez tan pequeña que apenas nos damos cuenta si está abierta o cerrada. También están los masoquistas que la dejan abierta a propósito, aunque lo disimulan muy bien.
Pero bueno, a lo que iba:
Esa ventana a nuestro mundo interior está abierta casi siempre, por mucho que no queramos reconocerlo.
Está ahí para que cualquiera en el bus, en el metro, en la discoteca o en mitad de la calle nos mire,
y de repente... ¡hop! tenemos un intruso en nuestra cabeza.
Algunos se cuelan, echan un vistazo y se largan otra vez, como quien hojea libros en una librería a ver si alguno le llama la atención...
Algunos tan solo se asoman al alféizar y echan una mirada furtiva dentro, como buscando la chica en ropa interior...
Otros simplemente pasan de largo, o tienen la cortesía de cerrar la ventana...
Pero otros (en mi opinión los más cabrones) se cuelan con la agilidad del guante blanco hasta la cocina, y como no tienen mejor cosa que hacer empiezan a revolver, a desordenarlo todo, a descolocar la estantería de sentimientos del bajo-cubierta, incluso algunos te tiran abajo todo el cable eléctrico y te dejan a oscuras.
Que digo yo, vaya tontería, ¿no? ¿Para qué querrías dejar a oscuras a alguien?
En fín... Caprichos del destino, a veces ese ladrón (o ladrona, claro) de guante blanco, tiene tanta puntería que te roba lo que más quieres.
No hay que ponerse metafórico, que si me roba el corazón, bla bla bla. No.
Basta que te robe algo que vayas a echar en falta, cualquier cosa (yo que se lo que tendrá la gente en la cabeza, oye).
Y ahí sí que tienes un problema, colega... Porque no te vas a quitar de la cabeza los ojos de esa persona que (en el bus, en el metro, en la discoteca o en mitad de la calle) acaba de cruzar la mirada contigo.
miércoles, 17 de noviembre de 2010
Recuerdos
Cuántas veces pueden anegar tu cabeza,
aparecer de repente con una pequeña chispa
y montar un Pearl Harbour de imágenes
que dinamitan tu cordura,
destrozando en un momento un dia perfecto,
o congelando tu infierno durante un instante.
Dijo alguien una vez que "lo que no te mata, te hace más fuerte",
se le olvidó añadir que lo que te hace más fuerte, te mata poco a poco.
aparecer de repente con una pequeña chispa
y montar un Pearl Harbour de imágenes
que dinamitan tu cordura,
destrozando en un momento un dia perfecto,
o congelando tu infierno durante un instante.
Dijo alguien una vez que "lo que no te mata, te hace más fuerte",
se le olvidó añadir que lo que te hace más fuerte, te mata poco a poco.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Ay! marinero...
(A los marineros de barra, sean Fitos o no)
Caminaba despacito sin prisa,
con la arena de calzado,
la chaqueta en una manga
y la mirada en unos labios.
En la orilla junto al agua
juguetean sus recuerdos,
mientras tanto, en su memoria,
le hace la guerra a las lágrimas.
Ay! Marinero,
que desdicha de sirena,
con tanto fuego en su pelo
como amor en su cartera,
con tanto carmín en sus labios
como veneno en sus venas,
que con un aleteo de sus ojos
naufragaste entre sus piernas.
Quisiste salir sin rumbo,
a los mares de bar y guerra,
borrando su imagen a botellazos,
y fuiste a dar con la Mariela.
Y de bar en peor acabas,
negociando con ojos rojos
unos ojos tan verdes como tu sueldo,
en noches tan negras como marchitas.
Ay! Marinero,
que desdicha de sirena,
con tanto fuego en su pelo
como amor en su cartera,
con tanto carmín en sus labios
como veneno en sus venas,
que con un aleteo de sus ojos
naufragaste entre sus piernas.
Sigue caminando, marinero,
que llegará el otoño y subirá la marea,
y entre inviernos y primaveras,
volverán veranos de trileros,
de faroles, de recuerdos,
de sirenas.
Caminaba despacito sin prisa,
con la arena de calzado,
la chaqueta en una manga
y la mirada en unos labios.
En la orilla junto al agua
juguetean sus recuerdos,
mientras tanto, en su memoria,
le hace la guerra a las lágrimas.
Ay! Marinero,
que desdicha de sirena,
con tanto fuego en su pelo
como amor en su cartera,
con tanto carmín en sus labios
como veneno en sus venas,
que con un aleteo de sus ojos
naufragaste entre sus piernas.
Quisiste salir sin rumbo,
a los mares de bar y guerra,
borrando su imagen a botellazos,
y fuiste a dar con la Mariela.
Y de bar en peor acabas,
negociando con ojos rojos
unos ojos tan verdes como tu sueldo,
en noches tan negras como marchitas.
Ay! Marinero,
que desdicha de sirena,
con tanto fuego en su pelo
como amor en su cartera,
con tanto carmín en sus labios
como veneno en sus venas,
que con un aleteo de sus ojos
naufragaste entre sus piernas.
Sigue caminando, marinero,
que llegará el otoño y subirá la marea,
y entre inviernos y primaveras,
volverán veranos de trileros,
de faroles, de recuerdos,
de sirenas.
martes, 31 de agosto de 2010
Pecado
Te quiero con avaricia,
porque quiero ser el dueño de tus sonrisas.
Te quiero con gula,
porque no hay mayor placer que devorarte con los ojos.
Te quiero con pereza,
por cada mañana que no me muevo para no despertarte.
Te quiero con envidia,
por tu saliva, que pasa más tiempo que yo en contacto con tu boca.
Te quiero con soberbia,
por creerme cielo, y tú creerte Luna.
Te quiero con ira,
porque quiero destripar a los kilómetros que me alejan de tu cuello.
Te quiero con lujuria…
y que me lleve el Demonio si no me sobran los motivos.
porque quiero ser el dueño de tus sonrisas.
Te quiero con gula,
porque no hay mayor placer que devorarte con los ojos.
Te quiero con pereza,
por cada mañana que no me muevo para no despertarte.
Te quiero con envidia,
por tu saliva, que pasa más tiempo que yo en contacto con tu boca.
Te quiero con soberbia,
por creerme cielo, y tú creerte Luna.
Te quiero con ira,
porque quiero destripar a los kilómetros que me alejan de tu cuello.
Te quiero con lujuria…
y que me lleve el Demonio si no me sobran los motivos.
domingo, 29 de agosto de 2010
tu-yo
Y entonces un día, todo acaba, y la esquina donde tu cabeza
esconde la locura se vuelve loca, y te grita.
Te dice que eres gilipollas, y tu conciencia
le dice “ya lo se, joder, ya lo se”.
Y ves como cuarenta y dos gramos se quedan en la mitad,
aunque te da la sensación que se quedan en nada,
porque sientes que tu alma también se va con ella.
Porque no hay nada más peligroso que una cabeza rota,
un corazón que llora y un alma huérfana de hermana.
Y entonces un día, todo acaba.
Y tienes tal cristo en la cabeza que no sabes
si tu cabeza llora,
si tu corazón se queda huérfano
o si tu alma se rompe en pedazos de corchopan y cerveza.
Y todo el mundo sabe ayudarte,
pero en realidad nadie tiene ni puta idea
porque no saben lo que es tener el alma llorando a moco tendido
ni saben todo lo que aturulla tu cabeza,
y te dicen que salgas, que te diviertas,
que hay más peces en el mar,
porque de todo lo que había en el gallinero,
mataste la gallina de los huevos de oro (manda cojones con la puntería).
Y empiezan a lloverte los “porqués”, y todo el mundo te pregunta,
y tu no sabes que responder porque ni siquiera tú sabes poner orden
en esa esquina de tu cabeza donde se guarda la locura.
Y el camino de la autodestrucción es el que parece más corto,
aunque no tienes ni puta idea de a donde quieres llegar,
que hostias, no tienes ni puta idea de nada, porque todo esto es nuevo para ti.
Y como no estas lo suficientemente jodido con todo lo que ha pasado
te pones a recordar los buenos momentos, a ver si se te olvidan,
y te acaba gustando hasta su forma de lavarse los dientes.
Recuerdas todo, cada minuto, cada segundo de cada secuestro express en tu cama,
recuerdas cada palabra, grito, gemido, lamento y gorgoteo de su garganta,
recuerdas cada caricia, cada bofetón y cada arañazo, y miras tus cicatrices y la sientes contigo en un alarde de sadomasoquismo fetichista.
Recuerdas una y otra vez cada milímetro de su cuerpo porque puedes pintar un mapa de sus lunares de memoria, y parece que para su pelo hay que inventar un color nuevo, porque ningun moreno, ningún castaño, ni ningún rojo brilla con tanta fuerza ni huele tan bien, aunque haya mil personas con ese tinte.
Y cierras los ojos, y ves sus ojos. Y eso sí que te mata,
porque te va directo al alma, y te tiembla el pulso, y se anuda el cerebro,
y te conviertes un zombie sin sentimientos porque todos los que tenías
te los ha robado su ojo izquierdo, ese, el del orzuelo que tanto te gusta.
Y recuerdas su boca, y te arde cada beso que te dio,
hostia puta, te arde la piel entera.
Y reconoces los cinco sabores en ellos,
y algún sabor más que todavía no está inventado.
Y te imaginas su sonrisa mientras leía las poesías que le escribiste,
las tonterías que le soltaste, y sus carcajadas cuando jugabais a sabe dios cuantos juegos inventados en el momento, porque quererse es precioso.
Pero lo más jodido es cuando recuerdas la piel más suave que hayas acariciado nunca…
Y te das cuenta que ese calor no va a volver a volver a latir junto al tuyo nunca más.
Y la locura otra vez se pone a gritarte,
y la cabeza se te desarma por dentro,
y el corazón llora, ya no sabes si de pena o de rabia,
Y cuando te fijas en tu alma
te das cuenta que lleva muerta dos meses y medio.
esconde la locura se vuelve loca, y te grita.
Te dice que eres gilipollas, y tu conciencia
le dice “ya lo se, joder, ya lo se”.
Y ves como cuarenta y dos gramos se quedan en la mitad,
aunque te da la sensación que se quedan en nada,
porque sientes que tu alma también se va con ella.
Porque no hay nada más peligroso que una cabeza rota,
un corazón que llora y un alma huérfana de hermana.
Y entonces un día, todo acaba.
Y tienes tal cristo en la cabeza que no sabes
si tu cabeza llora,
si tu corazón se queda huérfano
o si tu alma se rompe en pedazos de corchopan y cerveza.
Y todo el mundo sabe ayudarte,
pero en realidad nadie tiene ni puta idea
porque no saben lo que es tener el alma llorando a moco tendido
ni saben todo lo que aturulla tu cabeza,
y te dicen que salgas, que te diviertas,
que hay más peces en el mar,
porque de todo lo que había en el gallinero,
mataste la gallina de los huevos de oro (manda cojones con la puntería).
Y empiezan a lloverte los “porqués”, y todo el mundo te pregunta,
y tu no sabes que responder porque ni siquiera tú sabes poner orden
en esa esquina de tu cabeza donde se guarda la locura.
Y el camino de la autodestrucción es el que parece más corto,
aunque no tienes ni puta idea de a donde quieres llegar,
que hostias, no tienes ni puta idea de nada, porque todo esto es nuevo para ti.
Y como no estas lo suficientemente jodido con todo lo que ha pasado
te pones a recordar los buenos momentos, a ver si se te olvidan,
y te acaba gustando hasta su forma de lavarse los dientes.
Recuerdas todo, cada minuto, cada segundo de cada secuestro express en tu cama,
recuerdas cada palabra, grito, gemido, lamento y gorgoteo de su garganta,
recuerdas cada caricia, cada bofetón y cada arañazo, y miras tus cicatrices y la sientes contigo en un alarde de sadomasoquismo fetichista.
Recuerdas una y otra vez cada milímetro de su cuerpo porque puedes pintar un mapa de sus lunares de memoria, y parece que para su pelo hay que inventar un color nuevo, porque ningun moreno, ningún castaño, ni ningún rojo brilla con tanta fuerza ni huele tan bien, aunque haya mil personas con ese tinte.
Y cierras los ojos, y ves sus ojos. Y eso sí que te mata,
porque te va directo al alma, y te tiembla el pulso, y se anuda el cerebro,
y te conviertes un zombie sin sentimientos porque todos los que tenías
te los ha robado su ojo izquierdo, ese, el del orzuelo que tanto te gusta.
Y recuerdas su boca, y te arde cada beso que te dio,
hostia puta, te arde la piel entera.
Y reconoces los cinco sabores en ellos,
y algún sabor más que todavía no está inventado.
Y te imaginas su sonrisa mientras leía las poesías que le escribiste,
las tonterías que le soltaste, y sus carcajadas cuando jugabais a sabe dios cuantos juegos inventados en el momento, porque quererse es precioso.
Pero lo más jodido es cuando recuerdas la piel más suave que hayas acariciado nunca…
Y te das cuenta que ese calor no va a volver a volver a latir junto al tuyo nunca más.
Y la locura otra vez se pone a gritarte,
y la cabeza se te desarma por dentro,
y el corazón llora, ya no sabes si de pena o de rabia,
Y cuando te fijas en tu alma
te das cuenta que lleva muerta dos meses y medio.
miércoles, 28 de abril de 2010
fragmento
- Monos. Auténticos monos. Ni tan siquiera me hizo falta reflexionar. Solo echar un simple vistazo a mi alrededor, lo vi. Vi cada clan, cada macho alfa, cada hembra en celo. Lo vi todo, doctor.
- ¿Qué fue lo que vio exactamente, señor Arscroft?
- El puro animalismo de la raza humana. Como psiquiatra, habrá estudiado sobre los comportamientos del ser humano.
- En efecto.
- Y supongo que encontrará similitudes con el comportamiento de otros animales. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos como cualquier ser vivo, si. Pero también emigramos hacia lugares cálidos, cortejamos a la hembra, cuidamos de nuestras crías y demás.
- Así es. A pesar de nuestra psique, seguimos teniendo instintos, al igual que el resto de los animales.
- Si. Ahora cierre los ojos. Imagínese una comunidad de chimpancés de unos trescientos o cuatrocientos miembros. ¿Lo tiene? Bien, ahora imagínese que los chimpancés son capaces de desarrollar una sociedad, aunque esta sea completamente anárquica…
- De hecho, los chimpancés…
- Lo sé, doctor, lo sé. Bien, ahora póngales ropa, y distribúyalos aleatoriamente por una zona de bares de su ciudad. Déles medios para conseguir drogas. Imagínese lo que quiera, sintetizadas, setas, hierba, alcohol… Cualquier cosa que pueda alterar la percepción, o la capacidad cerebral. Una vez hecho esto, déjelos actuar a su libre albedrío, permítales realizar todo tipo de deseo o instinto que atraviese su mente. ¿Qué se imagina, doctor?
- Hm… Es harto difícil de imaginar… Sin embargo, aprecio por donde quiere llevar su razonamiento. Pero tenga en cuenta que el ser humano no es como los chimpancés, posee una psique superior a sus instintos, que es capaz de reprimirlos e incluso anularlos.
- Sin embargo, existen sustancias, legales o no, que nos permiten reprimir la psique y dejar que nuestros instintos fluyan.
- Si… Así es. En un estado cerebral alterado por un estupefaciente, el individuo comienza a comportarse guiado por sus instintos.
- Bien. Doctor… ¿Me está usted dando la razón como a los locos? ¿O de verdad hemos llegado a un acuerdo?
- No, por supuesto que no. Usted tiene gran parte de razón, si no toda.
- De acuerdo… Entonces, por favor, ¿sería usted tan amable de explicarme que demonios hago hablando con un psiquiatra, si mi supuesto delito es haber matado a diez putos chimpancés?
- ¿Qué fue lo que vio exactamente, señor Arscroft?
- El puro animalismo de la raza humana. Como psiquiatra, habrá estudiado sobre los comportamientos del ser humano.
- En efecto.
- Y supongo que encontrará similitudes con el comportamiento de otros animales. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos como cualquier ser vivo, si. Pero también emigramos hacia lugares cálidos, cortejamos a la hembra, cuidamos de nuestras crías y demás.
- Así es. A pesar de nuestra psique, seguimos teniendo instintos, al igual que el resto de los animales.
- Si. Ahora cierre los ojos. Imagínese una comunidad de chimpancés de unos trescientos o cuatrocientos miembros. ¿Lo tiene? Bien, ahora imagínese que los chimpancés son capaces de desarrollar una sociedad, aunque esta sea completamente anárquica…
- De hecho, los chimpancés…
- Lo sé, doctor, lo sé. Bien, ahora póngales ropa, y distribúyalos aleatoriamente por una zona de bares de su ciudad. Déles medios para conseguir drogas. Imagínese lo que quiera, sintetizadas, setas, hierba, alcohol… Cualquier cosa que pueda alterar la percepción, o la capacidad cerebral. Una vez hecho esto, déjelos actuar a su libre albedrío, permítales realizar todo tipo de deseo o instinto que atraviese su mente. ¿Qué se imagina, doctor?
- Hm… Es harto difícil de imaginar… Sin embargo, aprecio por donde quiere llevar su razonamiento. Pero tenga en cuenta que el ser humano no es como los chimpancés, posee una psique superior a sus instintos, que es capaz de reprimirlos e incluso anularlos.
- Sin embargo, existen sustancias, legales o no, que nos permiten reprimir la psique y dejar que nuestros instintos fluyan.
- Si… Así es. En un estado cerebral alterado por un estupefaciente, el individuo comienza a comportarse guiado por sus instintos.
- Bien. Doctor… ¿Me está usted dando la razón como a los locos? ¿O de verdad hemos llegado a un acuerdo?
- No, por supuesto que no. Usted tiene gran parte de razón, si no toda.
- De acuerdo… Entonces, por favor, ¿sería usted tan amable de explicarme que demonios hago hablando con un psiquiatra, si mi supuesto delito es haber matado a diez putos chimpancés?
jueves, 4 de febrero de 2010
fragmento
No eres transgresivo. No eres único. No eres rebelde. No eres especial.
Eres Light.
Crees que molas porque llevas un estilo alternativo. Crees que eres “cool” porque te gusta Nirvana y los Guns ‘N’ Roses, llevas unas Converse All Star y te has leído un par de frases de Nietzsche. Cultivas tu materia gris con los monólogos de la Paramount Comedy, porque son “cool”, escribes poesía, ensayos y frases profundas en tu portátil “cool”, conduces tu coche “cool” que contamina más que anda, pero estás en contra del cambio climático y del maltrato animal, porque es “cool”.
Te diré lo que significa tu querido palabro. “Cool” significa templado, más bien fresco, ni frío ni calor. Así que no creas que eres transgresor, porque eres lo más ambiguo que puede haber en el mundo.
Hablando en plata, eres Light. Eres tan Light como el tabaco bajo en nicotina, que mata, pero menos. Tan Light como la cerveza sin alcohol, que emborracha, pero menos. Tan Light como la mantequilla sin grasa, que engorda, pero menos. Tan Light como las misiones humanitarias, que matan, pero menos. Eres un espejismo, una sombra, un don nadie que cree tener una personalidad, y en realidad no sabes más que plagiar y mezclar en tu bizcocho sin calorías modas amariconadas y venidas a menos.
Todos los días desde la caja tonta hacen que te creas único y original. Porque si escuchas rap serás el más guay de tu barrio. Porque la comida con grasa es cosa del pasado. Porque Flirt 7000 te ayuda a ligar de una forma original. Y porque tu encefalograma plano de ignorante televidente no sabe sojuzgar, evaluar y criticar una información que entra por los ojos como la heroína en las venas de tu querido Kurt. Al fin y al cabo, no puedo echarte nada en cara salvo ser un jodido ignorante sin filtro, marioneta de los medios y las modas. Me río en tu puta cara de tu sociedad de la información, de tu comunismo alternativo, de tu coolería y de tu lado sentimental que nadie entiende. De tus fotografías profundas de cigarrillos en el suelo y primeros planos de lágrimas. Me descojono en tu cara de tus inclinaciones suicidas que por desgracia nunca llegarán a revelarse y de esa mirada profunda y entendida cuando ves “la profundidad del amor y el deseo” en un rectángulo rojo al que algún inteligente llamó “arte contemporáneo”. Me río de tu cine alternativo y tu “cine comercial sucks”. Y, por supuesto, de tu puta manía de utilizar palabras de otro idioma para ser más “fresco”.
Eres la versión Light de los Ramones. La versión edulcorada de Mötley Crue o los Pistols. Sigues la filosofía desgrasada de Janis Joplin y el pacifismo destilado de Mahatma Gandhi. ¿Por qué? Porque desde pequeño te han metido en la cabeza que tienes que destacar. Y como no puedes destacar por tus propios méritos, necesitas plagiar, imbuirte en una personalidad que no es la tuya. Y, una pincelada de aquí, otra de allá, forjas tu propia, única, irrepetible e inigualable moda.
Enhorabuena, porque tú y otros trescientos millones de personas en el mundo sois únicos.
Eres Light.
Crees que molas porque llevas un estilo alternativo. Crees que eres “cool” porque te gusta Nirvana y los Guns ‘N’ Roses, llevas unas Converse All Star y te has leído un par de frases de Nietzsche. Cultivas tu materia gris con los monólogos de la Paramount Comedy, porque son “cool”, escribes poesía, ensayos y frases profundas en tu portátil “cool”, conduces tu coche “cool” que contamina más que anda, pero estás en contra del cambio climático y del maltrato animal, porque es “cool”.
Te diré lo que significa tu querido palabro. “Cool” significa templado, más bien fresco, ni frío ni calor. Así que no creas que eres transgresor, porque eres lo más ambiguo que puede haber en el mundo.
Hablando en plata, eres Light. Eres tan Light como el tabaco bajo en nicotina, que mata, pero menos. Tan Light como la cerveza sin alcohol, que emborracha, pero menos. Tan Light como la mantequilla sin grasa, que engorda, pero menos. Tan Light como las misiones humanitarias, que matan, pero menos. Eres un espejismo, una sombra, un don nadie que cree tener una personalidad, y en realidad no sabes más que plagiar y mezclar en tu bizcocho sin calorías modas amariconadas y venidas a menos.
Todos los días desde la caja tonta hacen que te creas único y original. Porque si escuchas rap serás el más guay de tu barrio. Porque la comida con grasa es cosa del pasado. Porque Flirt 7000 te ayuda a ligar de una forma original. Y porque tu encefalograma plano de ignorante televidente no sabe sojuzgar, evaluar y criticar una información que entra por los ojos como la heroína en las venas de tu querido Kurt. Al fin y al cabo, no puedo echarte nada en cara salvo ser un jodido ignorante sin filtro, marioneta de los medios y las modas. Me río en tu puta cara de tu sociedad de la información, de tu comunismo alternativo, de tu coolería y de tu lado sentimental que nadie entiende. De tus fotografías profundas de cigarrillos en el suelo y primeros planos de lágrimas. Me descojono en tu cara de tus inclinaciones suicidas que por desgracia nunca llegarán a revelarse y de esa mirada profunda y entendida cuando ves “la profundidad del amor y el deseo” en un rectángulo rojo al que algún inteligente llamó “arte contemporáneo”. Me río de tu cine alternativo y tu “cine comercial sucks”. Y, por supuesto, de tu puta manía de utilizar palabras de otro idioma para ser más “fresco”.
Eres la versión Light de los Ramones. La versión edulcorada de Mötley Crue o los Pistols. Sigues la filosofía desgrasada de Janis Joplin y el pacifismo destilado de Mahatma Gandhi. ¿Por qué? Porque desde pequeño te han metido en la cabeza que tienes que destacar. Y como no puedes destacar por tus propios méritos, necesitas plagiar, imbuirte en una personalidad que no es la tuya. Y, una pincelada de aquí, otra de allá, forjas tu propia, única, irrepetible e inigualable moda.
Enhorabuena, porque tú y otros trescientos millones de personas en el mundo sois únicos.
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