Alicia comenzó a caminar en dirección a aquella pequeña chabola. A medida que se acercaba, empezó a distinguir las voces de dos personas, una cálida y suave, de varón. La otra, algo más aguda, parecía de un niño de diez años. Cuando se encontraba a unos veinte metros de la casa, paró en seco. Aquello que le había parecido una chabola de paja, no era sino una casita de ladrillo recubierta de parduzcas pieles de animales. Un fuerte olor invadió su sentido del olfato hasta casi entumecerlo. Era un olor que nunca había notado antes, rancio, fuerte y embriagador. Se llevó una mano a la nariz para evitar respirar aquella peste, y continuó acercándose. Al llegar junto a la casa, su olfato aún no se había acostumbrado a los vapores que desprendían las pieles.
En una mesa para cuatro comensales, con sus platos debidamente colocados, encontró a una liebre de color marrón tan alta como ella, bebiendo y riéndose junto a una peculiar figura humana. El hombre, que contaría unos treinta años, rellenaba una y otra vez las tazas de té dispuestas frente a ellos con un líquido humeante y verdoso. Un enorme sombrero de copa, doblado y achacado por la edad, coronaba su cabeza. Tardaron un buen rato en descubrir a la intrusa que les espiaba junto a la casa.
- ¡Vaya!,- dijo la liebre clavando sus enormes pupilas negras sobre Alicia -Parece que tenemos compañía.
- Hola…- respondió Alicia, sin acercarse. Ya le había bastado su encuentro anterior para saber que debía andarse con cuidado.
- Hola, pequeña… -el hombre se levantó. La longitud de sus escuálidas piernas casi igualaba la altura de Alicia. Se quitó el sombrero y realizó una exagerada reverencia. –Me llamo Hatta. ¿Cuál es vuestro nombre, pequeña?
- Me llamo Alicia.- musitó. El comportamiento del hombre no era demasiado estrambótico, salvo por su peculiar forma de saludar.
- Es un placer conocerle, Alicia. Por TAC favor, ¿gustaría de tomar una tacita de té junto con mi compañera y un servidor? Está recién hecho.- La liebre se levantó.
- Liebre de Marzo, para servirla.- Dijo mientras le dedicaba una enorme sonrisa.
- Bueno, la verdad es que yo…
- No aceptaré un no por resTACpuesta.- le cortó. Sin embargo, su voz sonaba amable y melódica, henchida de cortesía.
- Verá… Es que me he perdido y quisiera encontr…
- Por favor, pequeña, toma asiento, vamos. Estaré encantado de ayuTACdarte, pero podemos hablar de esto miTACentras tomamos una taza de té. No debes tener miedo.
Hatta estaba en lo cierto. Parecía un hombre de fiar, o al menos su amabilidad lo demostraba, aunque algo en su forma de hablar inquietaba a Alicia. Aun así, decidió sentarse.
- Y dime, pequeña… ¿De dónde eres?- Hatta vertió una abundante taza de la sustancia verdosa y se la pasó a Alicia. En pocos segundos pudo notar un agradable olor, en las antípodas del hedor que emanaba de la chabola.
- De Cheshire…
- ¡Eh! ¡De Cheshire!- gritó la liebre. –Yo tengo un tío en Cheshire, se llama Carlos. Trabaja en la panadería de la calle Ramón Varela. Bueno, no trabaja, es suya.
-¿En serio? ¡Mi madre suele comprar allí el pan!- Alicia no daba crédito. -¡Qué casualidad!
-Si… Bueno… El ministerio de Sanidad se la cerró hace dos semanas…
Se produjo un incómodo silencio. Los tres cogieron sus tazas y dieron un sorbo al humeante líquido. Alicia acercó la taza a su boca. El delicioso olor que emanaba de aquel brebaje dilató sus pupilas. Mojó sus labios suavemente, y un sabor anisado recorrió su lengua. El familiar icor de aquel “té” acabó revelándole que se trataba de alguna sustancia alcohólica. Su sospecha se confirmó cuando vio a la liebre beberse la taza de un trago y caer rendida sobre la mesa. Dio un trago, y tosió un par de veces.
- ¡Ey ey ey!, desTACpacio pequeña, que te TAC vas a atragantar…- Hatta le dio un par de palmadas en la espalda.
- Gracias…- carraspeó Alicia.
- Así que eres TACde Cheshire… ¿Y qué estás hacienTACdo por aquí?
- Ya te lo he dicho, me he perdido. Estaba siguiendo a un conejo blanco, y cuando lo perdí de vista un gato se lo había comido.- El conejo… Ese tacto… Suave, cálido… Algo se revolvió dentro de sí al recordarlo de nuevo.
- Un gaTACto, ¿eh…?- Hatta parecía pensativo. -¿Un gato alTACto, de piel atercioTACpelada? ¿Con TACunas exTACtrañas raTACyas en su piel?
- Si… Era muy raro… Y alto… Y guapo…- Alicia comenzó a sentir pesadez en sus párpados. Una pesadez que no podía soportar. Justo antes de quedarse dormida, descubrió algo que no había visto al llegar. A lo lejos, un manantial de color plata burbujeaba a la luz de la luna de otoño.
Se despertó atada a una vieja silla, debido al insoportable olor del cuero a medio curtir. Unos metros más allá, los huesos descarnados de la Liebre de Marzo yacían sobre una mesa de operaciones improvisada. A su alrededor pudo divisar decenas de criaturas disecadas, animales petrificados en un doloroso gesto de adoración hacia lo que parecía un altar de piedra con una figura deforme de vidrio relleno de mercurio. La voz de Hatta le sacó de su escrutinio por la habitación.
- La taxidermia… Un arte tan antiguo como la locura… TAC.
Entró en la habitación con la piel de la Liebre sobre el brazo, ataviado con un traje de corbata blanco, tan solo corrupto por algunas manchas rojas de lo que, presumiblemente, fueron las manos de la Liebre en un intento desesperado por librarse de su tormento. En su mano, brillaba un cuchillo de afilada hoja.
- Jabberwock estará orgulloso cuando acabe contigo… TAC. Descansa, Alicia, esta va a ser una noche muy larga, sobre todo para ti.
Hatta golpeó duramente el cuello de Alice, dejándola inconsciente.